
Un 13 de mayo como hoy, pero de 1966, los Rolling Stones lanzaban en Inglaterra una canción que iba a cambiar el pulso de la psicodelia para siempre. Entre el misticismo del sitar de Brian Jones (!), un ritmo de casamiento judío improvisado por Bill Wyman (!!!) y un error de imprenta que alimentó teorías conspirativas (!!!), repasamos la cocina de un clásico absoluto que estuvo a diez minutos de ser descartado.

Corría la primera semana de marzo de 1966 y en los estudios RCA de Los Ángeles el aire se podía cortar con un cuchillo. Los Rolling Stones estaban terminando las sesiones de «Aftermath», un disco bisagra: era la primera vez que Mick Jagger y Keith Richards firmaban todas las canciones, jubilando finalmente esa etapa de «eternos deudores» del R&B estadounidense que ya les quedaba chica. Y había presión por entregar un single exitoso. Los Stones habían liderado los rankings desde el verano de 1964, pero fue apenas un año antes, con el lanzamiento de «The Last Time» en febrero de 1965, cuando comenzaron a cosechar éxitos con el material original de Jagger y Richards, y a este single le siguieron una serie de números uno, una racha ganadora que no querían romper. Sin embargo, el tema nuevo que tenían en las gateras no caminaba. Le faltaba la energía arrolladora y la actitud desafiante que habían impulsado éxitos anteriores como «(I Can’t Get No) Satisfaction» y «19th Nervous Breakdown», y que ahora parecían tan características de los Stones. “Esa nueva canción no iba a ningún lado”, recordaría años después el manager y productor Andrew Loog Oldham. El tema en cuestión era “Paint It, Black”. Originalmente, Jagger y Richards la habían esbozado durante una gira por Australia y una breve escala en las islas FiJi, pero en el estudio sonaba como una cancioncita de beat group del montón, sin alma y -lo peor de todo para los Stones- sin filo ni peligro. Oldham, que no era un tipo de mucha paciencia, lanzó un ultimátum: “Diez minutos más y pasamos a otra cosa”. Estuvieron a nada de mandarla al tacho.

HAVA WAYMANGILA. Lo que salvó a “Paint It, Black” (se escribe así, con la coma: ya veremos por qué) del olvido fue una mezcla de aburrimiento y caradura de los «personajes secundarios» de la banda. Bill Wyman, el bajista que siempre sentía que al sonido de la banda le faltaba sustancia en las frecuencias bajas, se cansó de la versión funky que estaban probando y que no funcionaba. Fue así que inspirado por Eric Easton (co-manager del grupo y ex organista), Wyman cuenta en sus memorias «The Story Of A Rock ‘N’ Roll Band» que “Me tiré en el suelo debajo del órgano y toqué con mis puños un segundo riff de bajo en los pedales, a doble velocidad” . Charlie Watts, que tenía el oído más afilado de Londres, cazó el ritmo al vuelo y le metió un pulso tribal que le dio a la canción su sonido distintivo: ese ritmo de música de casamiento judío o danza del Medio Oriente fue el esqueleto sobre el cual Brian Jones iba a montar su obra maestra técnica… “Lo que hizo que ‘Paint It Black’ fuera especial fue Bill en el órgano, porque no sonaba para nada como el disco final hasta que Bill dijo: ‘Hacelo así’”. Al incorporar inadvertidamente sutiles sonidos orientales, Wyman había llevado la canción a un terreno mucho más exótico del que los Stones habían explorado hasta entonces. «¡Eso es!», pensó un eufórico Oldham. «Había encontrado el sonido y el ritmo que necesitábamos, la chispa que deletreaba ‘hit radial'».

EL SITAR: ¿INSPIRACIÓN GENUINA O CHOREO A LOS BEATLES? Para 1966, Brian Jones ya estaba un poco harto de la guitarra. Siempre con un pie en la vanguardia y el otro en la autodestrucción, el colorado guitarrista se había fascinado con el sitar después de escuchar a George Harrison en el tema “Norwegian Wood”. Algunos críticos de la época -y de ahora también, bah- no vacilaron en acusarlos de copiar a los Beatles, pero la realidad es que el sitar de Jones en “Paint It, Black” no es un mero adorno; es el motor de la canción. Resulta que Jones no era precisamente un copión ni mucho menos un improvisado: había tomado clases con Harihar Rao (discípulo del gran Ravi Shankar) y, según Richards, los instrumentos los trajeron de Fiji, donde se fabricaban de forma artesanal con calabazas secas. Fue la primera vez que los Stones incluyeron este instrumento asiático en su música: Jones solía tocarlo, sentado con las piernas cruzadas, durante sus apariciones televisivas. Aún así, lo más probable es que el sitar fuera un descubrimiento del grupo durante el descanso de la banda en el Pacífico Sur, entre una gira por Australia.
Como fuere, «Teníamos el sitar y pensamos en probarlo en el estudio. Y fue perfecto para la canción. Tratamos de grabarla con una guitarra, pero no podías hacer bending (N.: estirar las cuerdas) lo suficiente como para lograr ese sonido”, explicó Keith. Brian se sentó en el piso del estudio, cruzó las piernas y sacó ese riff ominoso que calca la melodía de la voz de Mick, transformando un tema pop en una pesadilla lisérgica de lo que Jagger llamó la “psicodelia miserable”. Aún sin ofrecer mucho sobre la ambigüedad de la canción, Richards, quien ha descrito el tema como una “auténtica colaboración Jagger-Richards”, se expresó con total franqueza sobre los sonidos psicodélicos, indios y de Oriente Medio que la banda creó alrededor de la canción, y la introducción del sitar por parte de Jones. “Con el sitar, Brian Jones se transformó en un multiinstrumentista. Era un estilo diferente a todo lo que había hecho antes. No sé, tal vez fue el judío que hay en mí. Para mí el tema suena más como ‘Hava Nagila’ o algún firulete gitano. Tal vez lo aprendí de mi abuelo. Definitivamente tiene un estilo distinto a todo lo que hicimos antes”
PUERTAS ROJAS, COMAS ERRÓNEAS Y PARANOIAS. Si la música era exótica, la letra era directamente un bajón existencial. Los Stones nunca fueron claros respecto al significado de la canción; de hecho Jagger alguna vez dijo: «Significa ‘Pintalo de negro’. Tal como ‘I Can’t Get No) Satisfaction significa ‘No puedo obtener ninguna satisfacción'», pero en la letra el cantante escribió un relato de luto, depresión y nihilismo puro: un tipo que pierde a su mujer («Veo una fila de coches / Y todos están pintados de negro / Con flores y mi amor / Ambos para no volver jamás») y quiere que todo lo que brille se apague… Cuando la prensa, buscando profundidad donde quizás no la había, le preguntó a Mick por qué escribía sobre la muerte, el tipo contestó con su flema habitual: “No sé, ya se ha hecho antes. Todo depende de cómo lo hagas”. Sin embargo, los fans no se quedaron conformes con la explicación simple y empezaron a flashear con la famosa “red door” (puerta roja) de la letra. ¿Era una referencia a un burdel? ¿A la puerta de una iglesia católica? ¿O tal vez a la bandera de la Unión Soviética? Para sumar confusión, el sello Decca cometió un «moco» administrativo histórico: en el single original, el título salió con una coma: “Paint It, Black”. Gramaticalmente, eso significaba que le estaban ordenando a un tal “Señor Black” que se pusiera a pintar: esto desató teorías delirantes sobre el racismo en Estados Unidos, cuando en realidad no fue más que un error de un oficinista que probablemente no había dormido bien (¡o que no sabía un cazzo de ortografía!)
VIETNAM Y EL NEGOCIO DEL BAD TRIP. Aunque la canción no tiene una sola mención política, su atmósfera de peligro inminente la conectó de inmediato con los soldados estadounidenses que estaban siendo masticados por la guerra de Vietnam. Era el sonido del miedo. Décadas después, el inefable cineasta Stanley Kubrick cerraría su obra maestra «Full Metal Jacket» con este tema, sellando para siempre la conexión entre el sitar de Jones y el horror de la guerra. Pero detrás del arte, siempre está el negocio. En 1965, los Stones firmaron un contrato leonino con el manager Allen Klein, un trato del que se arrepentirían toda la vida: por ese acuerdo, la banda perdió los derechos de publicación de todas sus canciones escritas hasta 1969… Es decir que cada vez que escuchás “Paint It, Black” en una publicidad de Ford, en una película o en un comercial de Pepsi, el que cobra no es Jagger, sino el patrimonio de Klein.
NEGRO QUE TE QUIERO NEGRO. Hoy, a 60 años de su edición como single, “Paint It, Black” sigue siendo un misterio incluso para sus creadores. Richards confesó una vez que, tras terminar la grabación en esos tres días intensos en Los Ángeles, luego de tocar una y mil veces las distintas partes, sintió que la canción ya no les pertenecía: “A veces sentís que no las escribiste vos. ‘Paint It, Black’ está fuera del flujo. No sé de dónde salió”... Lo cierto es que salió del hambre de experimentación de una banda que estaba dejando de ser un grupo de covers para convertirse en los dueños del circo. El single, que a pesar de su ritmo atrapante no era lo que se dice un cántico al optimismo y la alegría, lcanzó el puesto número 1 en ambos lados del Atlántico y se convirtió en el estándar de oro de cómo sonar oscuro, bailable y peligroso, todo al mismo tiempo. Con el tiempo, varias bandas homenajearon a este tema: U2 hizo un cover para el lado B de su single de 7″ con «Who’s Gonna Ride Your Wild Horses,» y usó partes de eso en versiones en vivo de «Bad.» Otros artistas que la versionaron fueron Deep Purple, Vanessa Carlton, GOB, Tea Party, Jonny Lang, Face to Face, Earth Crisis, W.A.S.P., Rage, Glenn Tipton, Echo And The Bunnymen, Eric Burdon & War, Elliott Smith, Eternal Afflict, Anvil y Risa Song… Hoy, a 60 años de aquel «black friday» de mayo del 66, cuando el mundo se tiñó de negro, el riff de Brian Jones sigue ahí, recordándonos que, a veces, la mejor forma de enfrentar la realidad es pintarla de negro… y subir el volumen, como siempre.
Periodista especializado en artes, espectáculos, gastronomía y cultura pop. Co-fundador de las revistas argentinas Riff Raff (entre 1985-86) y Madhouse desde 1989 hasta 2001. Director del primer fanzine de habla hispana dedicado a Kiss y autor junto a Carlos Parise del libro «Heavy Metal Argentino» (1993).








