«Después de ver a The Cramps por primera vez, nunca me recuperé«, dice Henry Rollins, reflexionando sobre la banda que, por sí sola, revivió el rockabilly para el público punk. «Los vi y me contagié por completo, y hasta el día de hoy sigo tambaleándome, herido por haberlos visto«… Lux Interior, cantante y frontman de The Cramps, la banda de horror punk, se ganó una legión de seguidores a lo largo de las décadas de trayectoria del grupo, tanto por su estética visual que jugaba con los géneros y su descontrolada presencia escénica como por la música innovadora de la banda. Rollins, vocalista de Black Flag y Rollins Band, escritor consumado, artista de spoken word y conductor de radio, habló en 2009 con August Brown, de The Los Angeles Times, sobre sus recuerdos del ícono del punk rock, fallecido a causa de una afección cardíaca. Hoy, a 80 años del nacimiento del cantante más emblemático de todo el psychobilly, lo recordamos a través de estas palabras.

¡Me extraña araña que siendo mosca no me conozca! Nick Knox, Poison Ivy, Lux Interior y Brian James, es decir la formación clásica de The Cramps

Crecí en Washington D. C. durante los años 70 y, cuando apareció el punk rock, me di cuenta de que había llegado mi momento. The Cramps venían a tocar a D. C. y yo los veía en lugares que tenían más o menos el tamaño de tu living. Estar en la primera fila daba un poco de miedo. Lux siempre encontraba algo de dónde colgarse: si había placas en el techo, para cuando terminaba el show estaban todas en el piso. De alguna manera, Lux conseguía sacarse los pantalones y quedaba en calzoncillos tipo bikini, retorciéndose por todo el escenario. Era un tipo enorme, muy alto, muy pálido y muy transpirado. Todos tenían una pinta increíble. Cualquiera de ellos podría haber sido una estrella de cine.

Me acuerdo de haberles comprado su primer o segundo simple a un plomo que los vendía a tres dólares en la puerta. Hoy probablemente valga su peso en oro. Los dos primeros simples de siete pulgadas de The Cramps están entre los primeros discos independientes que tuve. Una vez manejé hasta Nueva York para verlos en mi pequeño Volkswagen. Íbamos yo y casi todos los Bad Brains, apretujados dentro del autito. Fue en el Irving Plaza, y H.R., de Bad Brains, se fue detrás del escenario porque es una gran estrella del rock. Cuando volvió, traía una tapa del álbum y toda la banda había firmado el dorso. Todavía la conservo.

Los Teen Idles (Nathan Strejeck, Jeff Nelson, Ian MacKaye -sí, el de rulitos- y Geordie Grindle), fotografiados en la puerta de Madam’s Organ, una sala de conciertos en Washington DC

La primera banda de Ian MacKaye, Teen Idles, una vez tocó como telonera de The Cramps [N. en el Ontario Theatre de Washington DC, allá por octubre de1980], y fue todo un acontecimiento. Entonces The Cramps salieron a escena, estábamos todos adelante y a mitad del show, Lux empezó a desabrocharse los pantalones y a revolcarse por el piso. Deslizándose, se nos acercó a Ian y a mí y nos pidió que lo ayudáramos a quitarse los pantalones. Nosotros respondimos: «Eh, sí señor, señor Interior». Éramos dos chicos buenos, siempre dispuestos a ayudar como buenos boy scouts y empezamos a tironearle de sus pantalones, que estaban medio desabrochados -eran unos jeans negros ajustadísimos-. Se los quitamos y quedamos ahí parados con esos pantalones empapados en las manos… Por supuesto, los pusimos del derecho, los doblamos cuidadosamente y los colocamos en el escenario frente a nosotros porque éramos chicos buenos.

Lux se quedó vistiendo solo unos calzoncillos blancos brillantes con una calcomanía de un monstruo que decía “creepy” sobre las partes pudendas. Minutos después, estaba encima de nosotros, frotándose contra el público desde arriba, y puso esa misma parte de su anatomía justo frente a mi cara, así que tuve que empujar a ese hombre empapado en colonia para que se aleje de mí y pasara por encima de mi cabeza.

Después del show fuimos detrás del escenario para devolverle los pantalones. Les teníamos bastante miedo a The Cramps porque no sabíamos cómo eran en realidad. Llegamos y ahí estaba [el guitarrista] Bryan Gregory, con un aspecto satánico, mientras Ian balbuceaba algo así como: «Eh, acá están los pantalones de Lux». Y Gregory dijo: «¡Miren! ¡Lux! Los chicos te trajeron los pantalones de vuelta, limpios y planchados». Todos se rieron, Lux nos dio las gracias y nosotros salimos disparando escaleras abajo.

Muchos años después compartimos escenario en el festival Pukkelpop, en Europa. Para entonces Lux estaba en su etapa de pantalones de goma, tacos altos y de echarse vino por encima. Terminaron su show y él empezó a subir las escaleras con ese peinado enorme, después de haberse revolcado por el piso; estaba colorado por el vino, se le corría el rímel y creo que tenía un taco roto. Era un tipo grandote, avanzando a los tumbos escaleras arriba. Le dije: «¡Hola, Lux!», y él me miró y contestó: «¡Buenas tardes!«.

Uno tenía la sensación de que había algo muy decente en ellos, algo casi paternal en su manera de ser. Y me parece que Lux y [su esposa y compañera de banda] Poison Ivy vivían bastante aislados, al margen del ruido general que los rodeaba. Eso es algo que siempre me resultó interesante.

Siempre me gustó mucho su fascinación por la cultura automovilística de los años 50 y por todo lo camp. Ellos mismos eran los primeros en decirte: «No estamos en la escuela, ¿sabés?». Para mí, The Cramps siempre fueron divertidos e ingeniosos. Como la letra de «Garbageman»: es inteligente y tiene onda, de la misma manera en que Mark Twain era inteligente y tenía onda.

Esos primeros discos -los dos primeros simples, el EP «Gravest Hits», «Songs The Lord Taught Us» y «Psychedelic Jungle«- son, para mí, tan buenos como puede serlo la música estadounidense. Hay un puñado de bandas que forman parte de tu combustible cotidiano, de eso que te mantiene en movimiento, y The Cramps son una de ellas. La otra noche fui a un evento dedicado a Miles Davis y vi allí a Raymond Pettibon y Mike Watt. Los dos estaban realmente bajoneados por lo de Lux. Que eso ocurriera en un período tan cercano a la muerte de Ron Asheton fue una pérdida enorme.

En mi opinión, cuando hablamos de ser el frontman de una banda, la cosa es así: deberías poder decir «A este tipo no lo podés poner a trabajar en un empleo de ocho horas. Dale un micrófono y apartate de su camino». Y ese era Lux: una personalidad absolutamente imposible de contener. Y esa voz… el tipo realmente sabía cantar. No hay nada que suene como él. Tenía esa cosa de jugar con los géneros, ese efecto de «¿Qué es este tipo?». Era un poco loco, y había que dejarle espacio porque podía terminar salpicándote. Eso me enseñó bastante sobre cómo plantarse como frontman y adueñarse del territorio.

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