DEFYING GRAVITY: JORDAN’S STORY, por Jordan Mooney y Cathi Unsworth (Omnibus Press, 2019 – 448 Págs.)

EL BIG BAND DEL INCONFORMISMO. Existe un mito fundacional del punk británico que afirma que todo comenzó con un puñado de muchachos suburbanos que no sabían tocar tres acordes. Sin embargo, quienes fatigaron el asfalto caliente del King’s Road londinense a mediados de los años setenta saben perfectamente que el Big Bang estético e ideológico de la movida tuvo un nombre propio, un peinado colosal que desafiaba las leyes de la física y una actitud inquebrantable. Ese nombre era Jordan Mooney, la mujer a la que el cineasta Derek Jarman y el resto de la corte de la época no dudaron en catalogar como la «Sex Pistol original». Como bien sentenció Adam Ant: “Jordan creó el punk rock. Lo estaba vendiendo en la línea de fuego”.

Jordan posa en una de sus últimas fotos: la persiana baja es todo un símbolo

¿Cómo explicar quién era Jordan en pocas palabras? Con su peinado beehive (N.: colmena) rubio platino, su maquillaje cubista y sus ojos delineados, Jordan aportó al punk algunas de sus imágenes más perdurables y provocadoras. Nacida como Pamela Rooke un 23 de junio como este pero de 1955 y criada en Seaford, Sussex, por padres ultraconservadores (su madre era costurera; su padre, un comando de la Segunda Guerra Mundial), se mudó a Londres a mediados de los 70, donde su actitud audaz y su vestuario extravagante le consiguieron un trabajo en la boutique Sex de Malcolm McLaren y la diseñadora Vivienne Westwood en King’s Road. Fundamental para la estética tanto de los Sex Pistols como de Adam and the Ants, y musa de Jarman -quien la eligió para interpretar a Amyl Nitrate en la película de culto «Jubilee»-, su influencia se puede apreciar ahora en todas partes, desde el vestuario de Lady Gaga hasta el maquillaje de ojos de Cara Delevingne.

Jordan y Johnny, allá por los 70s: no, ella no es peronista ni está pidiendo dos cervezas

Hechas las presentaciones básicas, digamos que «Defying Gravity: Jordan’s Story«, coescrito por la propia Jordan junto a la autora y periodista Cathi Unsworth (con pasado en la célebre revista Sounds), no resulta un libro más de historia del punk inglés; es la historia contada desde el epicentro absoluto del sismo. A lo largo de sus 448 páginas, repletas de imágenes inéditas, chismes de camarines, crudeza emocional y altas dosis de actitud, el volumen se consolida como el complemento perfecto e indispensable de «England’s Dreaming», quizá la biblia del género (en su versión británica, claro) firmada por Jon Savage. De hecho, el propio Savage es el encargado de abrir el juego con un breve pero certero prólogo que establece el tono de un viaje literario directo, puro y de primera mano.

Malcolm McLaren y Vivienne Westwood: de casa a la tienda SEX y de la tienda SEX a casa

DE SUSSEX AL ESPACIO EXTERIOR. El relato derriba de entrada la idea de que Jordan fue un producto manufacturado por la factoría de McLaren y Westwood. El libro bucea con sensibilidad en sus raíces en la adormecida localidad costera de Seaford, Sussex. Allí, la joven Pamela canalizaba sus ambiciones a través del ballet y una temprana fascinación por las telas y texturas, heredada de su madre, quien trabajaba en una mercería. A pesar de contar con un presupuesto familiar ajustado, sus padres hicieron lo imposible para costear sus lecciones de danza y sus particulares elecciones de vestuario. El nacimiento de su alter ego es una de las grandes revelaciones del libro. Su amiga Sally Reid, tras devorar la novela «The Great Gatsby» de F. Scott Fitzgerald, le sugirió adoptar el nombre de Jordan, inspirada en el personaje de Jordan Baker, la astuta e independiente jugadora de golf que se movía como una sombra observadora en el glamoroso y clandestino mundo del magnate. El nombre también remitía a un famoso auto deportivo estadounidense de los años veinte. Pamela tomó la sugerencia y corrió con ella hacia el futuro.

Tratándose de su look punk, Jordan no dejaba nada librado a la imaginación

Antes de desembarcar en Londres, el libro nos pasea por su tránsito iniciático a través de los clubes nocturnos de la escena gay clandestina de Brighton; para cuando Jordan pisó la capital, ya era una fuerza de la naturaleza. El texto regala anécdotas imperdibles que pintan su carácter bizarro y frontal, como su obsesión por la serie «Star Trek» y su fanatismo por el personaje de Spock. El libro narra el desopilante momento en el que Jordan finalmente conoció en persona a su héroe, Leonard Nimoy. En el preciso instante en que el actor le daba un beso, un peatón desubicado se acercó a ella pedirle un autógrafo, a lo que Jordan le espetó sin anestesia: “¡¿Te podés ir a la MIERDA?! ¡Andate y esperá a que termine de hablar con Spock!”.

Jordan trabajando (o algo así) en la tienda Sex, circa 1976

430 KING’S ROAD: EL EPICENTRO DEL CAOS. El verdadero nudo de «Defying Gravity» se sumerge en el local que sirvió como cuartel general de la contracultura: el número 430 de King’s Road. El libro funciona como una excelente guía cronológica de las mutaciones que sufrió el local de Westwood y McLaren: comenzó bajo el nombre Let it Rock (1971), pasó a llamarse Too Fast to Live, Too Young to Die (1972), más tarde estalló como SEX (1974), luego se radicalizó como Seditionaries (1976) y finalmente mutó en Worlds End (1980), local que al día de hoy sigue en pie vendiendo piezas de diseño unisex. La llegada de Jordan a la tienda en 1974 está narrada con la frescura de quien camina por el living de su casa: «Cuando 430 King’s Road reabrió en 1974 como SEX, supe que tenía que trabajar ahí. Simplemente entré y me presenté a Michael Collins (N. gerente y dependiente del local) , que estaba sentado en la cama médica de metal que se había convertido en parte de la nueva decoración. Pegamos onda instantáneamente y terminamos hablando por horas – quizás porque él estaba tan imperturbable por la atmósfera del local como lo estaba yo».

De izqu. a der., Steve Jones, Danielle (clienta de Sex), Alan Jones, Chrissie Hynde, Jordan y Vivienne Westwood.

El impacto visual y social de la tienda era demoledor. El libro contrapone la mirada de Jordan con la de un adolescente de 15 años de la época, Bertie Marshall, quien recuerda el intimidante aspecto exterior del local: «No podías ver nada a través de la vidriera del frente; y una vez que lograbas entrar, ¡la persona que estaba trabajando ahí no interactuaba con vos a ningún nivel!». La fauna que desfilaba por allí mezclaba el arte conceptual con el fetichismo puro (el local exhibía esculturas bondage de Lawrence Daniels, el hombre que años más tarde se volvería multimillonario al patentar los hologramas de las tarjetas de crédito) y empleaba a futuras estrellas como Chrissie Hynde, años antes de fundar The Pretenders. La gama de personajes que aparecen en el libro es totalmente variopinta: por sus páginas desfilan habitués de la talla de Johnny Thunders, Siouxsie Sioux, Steve Severin, Grace Jones, estrellas del cine como Helen Mirren o Jessica Lange, la modelo Jerry Hall, el millonario John Paul Getty III y figuras de la danza clásica como Rudolf Nuréyev.

Jordan en la puerta de SEX (era muy guardiana)

LA ESTÉTICA COMO AMENAZA COHERENTE. Uno de los mayores aciertos de las distintas miradas analíticas sobre el libro es destacar la absoluta autenticidad de Jordan. Nombres clave de la escena como el baterista de los Sex Pistols, Paul Cook, el guitarrista Marco Pirroni, o Holly Johnson (de Frankie Goes To Hollywood) coinciden en que ella jamás adoptó ese look extremo para mendigar la atención del resto. Su maquillaje teatral, su ropa disruptiva hecha con dos mangos y su colmena de pelo rubio platinado eran una extensión genuina de su ser íntimo. Esa honestidad estética resultaba tan amenazante para la pacata sociedad británica de los setenta que los guardias de la empresa ferroviaria British Rail solían cambiarla de vagón y hacerla viajar en primera clase, simplemente para aislarla y proteger al resto de los pasajeros de su presencia «subversiva». Mientras en su Seaford natal los vecinos murmuraban al verla pasar: «Esa maldita bizarra estuvo otra vez en el tren hoy», Jordan permanecía completamente imperturbable.

Jordan y Simon Baker (miembro del Bromley Contingent) posando en una producción fotográfica de SEX

El libro también echa luz sobre las tensiones internas del ecosistema pop de McLaren. Paul Cook recuerda cómo él y Steve Jones frecuentaban la tienda desde la época de Let It Rock para comprar ropa de Teddy Boys, atraídos por un Malcolm que, antes de armar la banda, se interesaba genuinamente por saber de dónde venían y qué hacían los chicos de barrio. Sin embargo, el baterista no oculta su fastidio posterior, revelando que le enfurecía cómo McLaren utilizaba a los Sex Pistols como maniquíes vivientes para promocionar los diseños de Westwood en los conciertos, llegando al extremo de elegirles la ropa personalmente, lo que provocaba rebeliones internas donde los músicos le gritaban: «¡Yo no me voy a poner esto! ¡¿Qué es esta porquería?!».

ENTRE WARHOL Y LA PANTALLA GRANDE. El capítulo 18 del libro brilla con luz propia al narrar su periplo neoyorquino y su encuentro cara a cara con Andy Warhol en la tercera encarnación de The Factory, en el 860 de Broadway. La mirada de Jordan sobre el rey del Pop Art complementa su filosofía vital. Tras ese encuentro, reflexionó sobre la esencia de su propia búsqueda estética: «…tomá a alguien como yo: no soy alta, nunca fui flaca… podés construir algo diferente que agarre a la gente con la guardia baja. Construir algo mejor. Creo que las imperfecciones de las personas son igual de importantes, tanto como lo que hacés con ellas». Fiel a su picardía callejera, Jordan confiesa en el texto la enorme tentación que sintió al ver la habitación de la factoría repleta de impresiones y grabados de Warhol «hasta donde alcanzaba la vista», fantaseando con que el artista saliera del cuarto el tiempo suficiente para poder guardarse una obra bajo el brazo y traérsela a Inglaterra: «Oh, danos una, Andy. Sabés que querés hacerlo. Hubiera sido muy lindo que lo hiciera… hoy sería millonaria». A este universo se suma su estrecha colaboración con el director de cine de vanguardia Derek Jarman, convirtiéndose en una pieza central de la disruptiva película «Jubilee» (1978), una de las postales cinematográficas definitivas de la era punk.

Jordan y los tempranos Adam & The Ants. No, Kevin aún no estaba en el grupo

CAÍDA Y REDENCIÓN. El tramo final de la autobiografía rompe el molde de las biografías de rock estándar al abordar, sin tapujos, el deterioro de la salud mental de Jordan y el lado más oscuro, tóxico y decadente del movimiento. Durante su etapa como mánager y performer de la alineación temprana de Adam and the Ants, Jordan conoció al guitarrista Kevin Mooney, con quien se casó. Esa relación se transformó rápidamente en un infierno impulsado por el hedonismo descontrolado y el abuso de drogas pesadas. Jordan define el consumo de estupefacientes en esa época como «jugar a los dados con la muerte», recordando la paranoia constante de no saber jamás qué contenían realmente las sustancias que circulaban y que ellos consumían. El relato se vuelve desgarrador al evocar los momentos más bajos de esa toxicidad, con su marido vendiendo las prendas de diseño de Jordan para conseguir dinero para dosis o maltratando a su gato en medio de un delirio químico. Agotada por el caos y la autodestrucción londinense, la historia de Jordan encuentra su salvación en un giro absoluto de timón. A mediados de la década de los ochenta, decidió armar los bolsos, abandonar las luces de la capital y regresar al refugio de su Seaford natal. Allí, lejos del maquillaje corrido y las camperas de cuero con alfileres, encontró el equilibrio y la paz mental trabajando como enfermera veterinaria y dedicándose a la cría de gatos.

Dos facetas de Jordan; a la izquierda rockeándola con los Pistols, a la derecha en sus últimos años, cuidando gatos

UN CLÁSICO PARA TU BIBLIOTECA. Quizá sea pronto para tildarlo de «clásico», pero este libro se comporta como si lo fuera. Fue un gran éxito crítico; si bien lamentablemente Jordan falleció en abril de 2022, alcanzó a ver el enorme impacto y la gran recepción que tuvo su historia compartida con el mundo. Debido a su estatus de culto, la editorial lanzó reediciones especiales y versiones en formato de bolsillo en años posteriores (2022 y 2025) dentro de su colección remasterizada.. En suma, «Defying Gravity…» termina dando la sensación de ser un triunfo literario porque evita la autocomplacencia. Jordan no nos vende un pasaporte a la nostalgia barata; nos entrega sus memorias en carne viva, equilibrando la excitación de haber estado en el centro del huracán cultural más importante de la segunda mitad del siglo XX con el costo humano, psíquico y emocional que implicó sobrevivir a él. Es una lectura obligatoria tanto para los viejos punks que busquen revivir los años de la furia como para las nuevas generaciones que quieran entender cómo una mujer, a fuerza de pura autenticidad y sin concesiones, logró moldear la estética de una era… quizá esta frase de la propia Jordan sirva para resumir la vida, la filosofía y el sentimiento de este verdadero icono (palabra quemadísma pero cuyo uso aquí se justifica plenamente) punk: “Como dijo Jeannie (N. su hermana mayor), nunca rechacé un desafío, nunca comprometí mi convicción de dar siempre lo mejor de mí. Quería bailar y desafié la gravedad”.

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