En los últimos días, Roger Waters fue noticia al afeitarse cualquier sombra de pelo en la lengua para criticar a James Hetfield. El ex Pink Floyd calificó al líder de Metallica de “imbécil”, cuestionó su inteligencia y hasta sus condiciones musicales después de que este afirmara, durante un recital en Las Vegas, que su banda no está para influir sobre el público con «boludeces«. Detrás del cruce de insultos asoma una discusión más interesante: ¿la música puede mantenerse al margen de la política o esa pretendida neutralidad también es una toma de posición?

James Hetfield en el impresionante escenario de The Sphere, aún sin pronunciar discurso alguno

Hay peleas entre músicos que se agotan en el intercambio de agravios y otras que, aun cuando empiezan a los gritos, terminan poniendo sobre la mesa una discusión que merece la pena. El último encontronazo entre Roger Waters y James Hetfield tiene un poco de ambas cosas: el ex Pink Floyd arremetió contra el cantante y guitarrista de Metallica con una catarata de insultos, pero el episodio también reabrió una vieja controversia del rock: qué lugar debe ocupar la política en la música y qué responsabilidad tienen los artistas frente a lo que ocurre más allá del escenario.

POLÉMICA Y LOCURA EN LAS VEGAS. Todo empezó el sábado 10 de octubre p.pdo., cuando Metallica se presentó en The Sphere, el espectacular recinto de Las Vegas donde la banda está desarrollando una residencia de conciertos. Hetfield agradeció a quienes habían viajado para verlos y, a continuación, lanzó una declaración que no tardaría en generar repercusiones: “Metallica no está acá, como algunos otros artistas, para influenciarlos con sus boludeces, ¿OK? Estamos acá para olvidarnos de toda la mierda que pasa afuera, ¿OK? ¡La agenda de Metallica es amor, energía y heavy metal, baby!”. La frase llegó en un contexto sensible: semanas antes, el rapper Macklemore había quedado afuera de la gira de Ed Sheeran después de pronunciarse a favor de Palestina durante un show. Por eso, muchos medios relacionaron las palabras de Hetfield con aquella controversia. Sin embargo, el cantante no mencionó a Macklemore, a Waters ni a ningún otro artista, de modo que no se puede afirmar que estuviera apuntando contra alguien en particular. Lo que sí quedó claro es que su discurso volvió a poner en circulación una postura que viene sosteniendo desde hace años: su rechazo a la política como tema de conversación y, aparentemente, como parte de la experiencia de un concierto. Y fue precisamente esa actitud la que terminó sacando de quicio a Waters.

«TIENE UN COEFICIENTE INTELECTUAL DE TRES». Así las cosas, el miércoles 14 de octubre, Waters apareció en el programa de la periodista Katie Halper. Durante la conversación, la conductora puso sobre la mesa la posición de Hetfield frente a la política, sus declaraciones anteriores y el uso de la música de Metallica durante las torturas a prisioneros iraquíes en centros de detención estadounidenses. Waters no se anduvo con vueltas, despachando al frontman de Metallica de esta manera: “¿Podemos dejar de hablar de este imbécil? Estoy aburridísimo de él. No hace más que demostrar que es un completo imbécil. Tiene un coeficiente intelectual de aproximadamente tres, y sinceramente no sé por qué estamos hablando de él, porque no es nadie. Puede tener unos cuantos cientos de millones de dólares o lo que sea, pero es un imbécil y no es músico. Los escuché tocar con instrumentos acústicos y no podían hacerlo. Fue espantoso”. El ex Pink Floyd también cuestionó la educación y los valores personales de Hetfield, vinculando su postura con una supuesta falta de empatía: “Es una lástima que este imbécil no haya tenido a alguien cerca -una mamá, un papá, un amigo, un primo- que le explicara que ser amable es mucho más importante que todo ese ruido fuerte, los saltos y todo lo demás. Hay que ser amable, tener empatía por los demás seres humanos, porque necesitamos que eso se extienda por todo el mundo”. Waters cerró sus comentarios con un llamado a la solidaridad con Palestina, una causa que defiende desde hace años y que lo ha enfrentado con otros músicos y figuras públicas. Su reacción deja también planteada una contradicción: reclama empatía mientras insulta a su interlocutor, le atribuye una inteligencia casi nula y pone en duda sus condiciones como músico… Por supuesto, este contraste no invalida automáticamente su crítica, pero obliga a separar el argumento de la violencia verbal con la que lo presenta.

¿UNA INVITACIÓN A DESCONECTARSE O UNA LAVADA DE MANOS? Para entender el cruce, conviene repasar las palabras de Hetfield en su contexto. En principio, el mensaje puede leerse como una invitación a desconectarse por un rato de las preocupaciones y disfrutar del recital. Y eso en sí no parece objetable; nadie está obligado a convertir cada presentación en un mitin político, ni todos los músicos tienen que pronunciarse sobre cada conflicto internacional. El problema aparece en otro lugar: al contraponer la propuesta de Metallica a la de “otros artistas” que supuestamente buscan influir sobre el público con sus “boludeces” Hetfield no se limita a expresar una preferencia personal. Su formulación también puede interpretarse como una descalificación de quienes sí aprovechan el escenario para hablar de política; por otro lado, tratar de «boludeces» temas tales como masacres, torturas o genocidios tampoco parece la manera más apropiada de referirse a estos temas.

¿Es esto entonces una lavada de manos? Puede interpretarse así, especialmente en un contexto donde artistas de distintas disciplinas discuten públicamente cómo responder ante las guerras y las injusticias. Por otro lado, hay un límite: Hetfield no identificó a quién o a quiénes se refería ni explicó su razonamiento en detalle. Atribuirle una intención más concreta sería ir más allá de sus palabras. Hay, además, un detalle que complica una lectura demasiado sencilla de su postura: la propia música de Metallica lleva décadas abordando cuestiones que exceden lo estrictamente personal. Por ejemplo, “Disposable Heroes”, de “Master Of Puppets” (1986), cuestiona la deshumanización de los soldados enviados a morir en la guerra; en “…And Justice For All” (1988) la canción que da nombre al álbum apunta contra las fallas del sistema judicial, mientras que en el mismo álbum la estremecedora “One” (inspirada en la novela “Johnny Got His Gun”, de Dalton Trumbo) retrata el horror de la guerra desde la perspectiva de un soldado mutilado, y “Blackened”, por su parte, plantea un escenario de destrucción ambiental… No hace falta que Hetfield pronuncie un discurso entre canción y canción para que esas obras tengan una dimensión política. Eso no significa que Metallica deba respaldar una posición partidaria o pronunciarse sobre todos los acontecimientos de actualidad, pero demuestra que para la banda la frontera entre música y política nunca fue tan nítida como sugirieron sus palabras en Las Vegas.

2003: detenidos de Al-Qaeda y talibanes en el Camp X-Ray en la base naval Guantanamo, en Cuba.

METALLICA COMO INSTRUMENTO DE TORTURA. Uno de los antecedentes mencionados durante la conversación con Halper fue el uso de música de Metallica por parte de las fuerzas estadounidenses durante interrogatorios a prisioneros en Irak, incluidos los centros de detención de Abu Ghraib y Guantánamo. La música a volumen extremo fue denunciada como una forma de tortura o maltrato. En una entrevista de 2008, Hetfield manifestó su malestar por la asociación entre la banda y una declaración política que no había elegido respaldar. Aquí es importante distinguir dos cuestiones: que un gobierno utilice canciones para torturar personas no significa que los músicos hayan autorizado ese uso ni que compartan las ideas de quienes lo llevan adelante. De todos modos, este episodio sí plantea una pregunta incómoda: cuando una obra artística aparece ligada a un abuso de poder, ¿alcanza con afirmar que el artista no quiere involucrarse en política? No hay una única respuesta, pero tampoco es una pregunta absurda. Por otra parte, Metallica no está al margen de toda cuestión social. Desde 2017, su fundación All Within My Hands desarrolla iniciativas relacionadas con la formación laboral, la asistencia alimentaria y la respuesta ante desastres, además de apoyar programas educativos. Esa dimensión solidaria no vuelve necesariamente contradictoria la decisión de Hetfield de evitar discursos políticos durante los conciertos, pero obliga a sopesar la idea de que la banda pretende desentenderse de todos los problemas del mundo.

TOM MORELLO Y LA TERCERA POSICIÓN. En medio del enfrentamiento, resulta útil recuperar una mirada que no se ubica exactamente en ninguno de los extremos. Tom Morello, guitarrista de Rage Against The Machine y conocido por su activismo político, reflexionó sobre la relación entre autenticidad musical y compromiso público. En recientes declaraciones a la emisora Star FM en Berlin, Alemania, sostuvo que cada artista debe ser fiel a lo que siente y piensa. Para explicar su posición, comparó sus propias canciones sobre injusticias con las de bandas que abordan asuntos diferentes: “Creo que para que la música sea buena, tiene que ser auténtica. Si yo no escribiera canciones sobre la injusticia, estaría siendo falso, y no podría hacer música que, a mi entender, conectara con la gente. Otras bandas -por dar un ejemplo, Mötley Crüe, que escribe sobre groupies y cosas por el estilo- también son auténticas, y por eso su música tiene fuerza. Así que no hagan música política para complacer a Tom Morello. Hagan música que sea honesta con lo que sienten, y así podrán conectarse con la gente”.

Los comentarios de Morello cobraron una relevancia adicional a la luz de la controversia en torno a Macklemore, especialmente cuando explicó lo que, a su juicio, constituye la responsabilidad de un artista: «Como artista, tenés una única responsabilidad: decir la verdad a través de tu arte», afirmó. «Ahora bien, si sos un artista que tiene ideas sobre la injusticia en el mundo, pero te autocensurás por miedo a perder algo -ya sea que una radio deje de pasar tu música o que los fans escriban comentarios desagradables-, entonces, a mi modo de ver, te estás haciendo un flaco favor a vos mismo y a tu propia época». Su posición permite salir de una falsa disyuntiva: no es necesario que todos los músicos escriban canciones políticas ni que todos aprovechen cada escenario para hablar de actualidad. Pero tampoco parece razonable exigir que quienes sí sienten esa necesidad se callen para no incomodar al público.

Las Waters bajan turbias: Roger no vacila en enfrentarse con quien sea

WATERS, OTRA VEZ EN GUERRA CON SUS COLEGAS. La intransigente postura de Waters ayuda a explicar por qué el discurso de Hetfield le cayó tan mal. El ex Pink Floyd lleva años utilizando su plataforma pública para defender la causa palestina y cuestionar las acciones del gobierno israelí. Esa militancia lo enfrentó con músicos como Bono, Thom Yorke y Nick Cave. Sus intervenciones también generaron acusaciones de antisemitismo, que Waters ha rechazado, y controversias sobre la manera en que expresa sus ideas políticas. Su historial reciente incluye el enfrentamiento con la familia de Ozzy Osbourne después de la muerte del cantante de Black Sabbath, en julio de 2025. Waters dijo entonces que no le importaba la música de Ozzy y que no podía sentir interés por todos los grupos de rock que existieron. Las declaraciones provocaron una dura respuesta de Jack Osbourne, pero Waters volvió a defender sus dichos en una entrevista posterior… No es la primera vez, por lo tanto, que Waters convierte su opinión sobre otro artista en una controversia pública. Su frontalidad forma parte de su personaje y, a veces, termina opacando las cuestiones que intenta defender. En el caso de Hetfield, su crítica a la falta de empatía queda mezclada con ataques a su inteligencia, su talento y hasta su crianza.

LA PREGUNTA DE FONDO. La noticia inmediata es que dos figuras enormes del rock quedaron enfrentadas por una declaración en un escenario de Las Vegas. La cuestión más interesante, sin embargo, es otra: ¿qué se espera de un músico cuando el mundo atraviesa conflictos que despiertan indignación, dolor y desacuerdos profundos? ¿Tiene derecho a ofrecer un refugio de dos horas sin hablar de esos problemas? Por supuesto. ¿Tiene derecho otro artista a considerar que ese silencio es insuficiente y a decirlo públicamente? También. Lo que no parece tan convincente es que, para defender una de esas posiciones, haya que presentar la contra como una estupidez. Ni la política convierte automáticamente a un músico en una persona comprometida, ni evitar los discursos políticos demuestra necesariamente indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Hetfield pidió al público que dejara afuera “toda la mierda” del mundo exterior. Waters respondió que ser amable y tener empatía importa más que el ruido y los saltos del heavy metal. Entre una frase y la otra queda una discusión que no se resuelve con millones de dólares, discos vendidos ni insultos más o menos ingeniosos.

Quizá la pregunta no sea si el rock tiene que ser político, sino algo bastante más simple y, a la vez, más difícil de responder: cuando un artista decide no hablar de lo que pasa en el mundo, ¿está ejerciendo su libertad o está renunciando a una responsabilidad? Cada músico tendrá su respuesta. Lo que convendría es que, antes de acusar al otro de no tener empatía, todos estuvieran dispuestos a explicar la propia.

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