PACIENTE: ROB ZOMBIE – «The Great Satan» (Nuclear Blast, 2026)

HISTORIA CLÍNICA: Cinco años pasaron desde «The Lunar Injection Kool Aid Eclipse Conspiracy» (2021) y el circo ambulante del horror de Robert Cummings (así se llama el bueno de Rob) está de regreso en la ciudad. Así es, Rob Zombie, hombre que supo alternar con éxito el trono de ícono del shock metal industrial y el de director de culto en Hollywood («House of 1000 Corpses», «The Devil’s Rejects», los reboots de «Halloween», el revival de los Munsters y siguen las firmas) vuelve a la carga con su octavo LP de estudio bajo el brazo. Pero esta vez, el paquete viene con una dosis de nostalgia noventosa pesada: el regreso a la alineación de dos viejos compinches de la era dorada, el guitarrista Mike Riggs y el bajista Rob «Blasko» Nicholson, ausentes de las huestes zombianas desde hacía más de dos décadas. Completando el bloque con el infalible Ginger Fish en parches y bajo la producción de Zeuss, la máquina rítmica prometía rearmar la vieja mística que ya exhibiera tanto en su etapa solista con «Hellbilly Deluxe» como con White Zombie en «Astro-Creep: 2000». La pregunta es de rigor: ¿cumplió la promesa?

Una barrera que no arruga ante ningún tiro libre: Ginger Fish, Rob Zombie, Mike Riggs y Rob «Blasko» Nicholson

Desde el vamos, el arte avisa que las cosas cambiaron: chau títulos kilométricos y psicodélicos, bienvenido «The Great Satan«, una etiqueta corta y directa que remite tanto al tema de Ministry como al célebre latiguillo geopolítico iraní contra EE.UU. La estética visual abandona los colores fluo y necróticos recientes para volcarse a una tapa en amenazante, despojado blanco y negro, con Rob luciendo como un cruce entre un acólito de Charles Manson y santurrón de algún viejo film de caníbales de Ruggero Deodato o Umberto Lenzi, todo con una onda de fanzine punk de los 80. Así las cosas, el viaje arranca sin concesiones: «F.T.W. 84» abre con un sample gubernamental orwelliano antes de desatar un ataque industrial acelerado muy onda Al Jourgensen, con voz rugida por megáfono y riffs groovy-thrash. Es entonces cuando «Tarantula» pega el volantazo hacia la suciedad noventosa de White Zombie entre entre gruñidos e histeria spoken word, mientras que «(I’m a) Rock ‘N’ Roller» se despacha como un midtempo bailable, diabólico y pegadizo que remite al inconfundible sonido del viejo hitazo -si es que alguna vez fue un hit- «Dragula». La seguidilla de singles breves y efectivos continúa con «Heathen Days» (velocidad, slides de guitarra y pirotecnia) y la rabiosa «Punks And Demons», verdadero centro de gravedad del disco que cruza punk y heavy metal en un estribillo pensado para el descontrol en vivo.

«¡Mejor ni les cuento lo que me costó cranear este álbum!»

A partir del primer tramo, el álbum empieza a ramificar sus obsesiones. «Who Am I» frena la máquina para hundir al oyente en una masa de distorsión lenta y densa; «Black Rat Coffin» levanta de la tumba un aire a rock gótico y la delirante «Sir Lord Acid Wolfman» rompe cualquier molde con una suerte de psycho-reggae pirata que suena a Alestorm pasado de LSD. Para el tramo final, «The Devilman» recupera el pulso bailable y sanguinario, «Revolution Motherfuckers» rinde un sarcástico tributo al espíritu psicodélico de Woodstock ’69, «The Black Scorpion» acelera en clave thrash/hardcore, y la siniestra «Unclean Animals» prepara el terreno para «Grave Discontent», una outro densa que baja el telón tal como si de los créditos finales de una peli de la Hammer se tratase… Ahora bien, no todo es fiesta en el parque temático. Si bien la primera mitad del álbum es un martillazo despiadado y devuelve la garra que muchos fans extrañaban, el tramo secundario peca de cierta dispersión. La fórmula del satanismo de parque de diversiones, pin-ups post-atómicas y autos hot-rod funciona perfecto como confort food para los nostálgicos del género, pero por momentos deja al oyente la sensación de estar ante un collage de riffs y samples que actúan más como un trailer de sí mismos que como canciones con peso propio. Es un set de canciones muy profesional, divertido y potente, aunque sin la sorpresa desarmante que ostentaban los clásicos fundacionales.

DIAGNÓSTICO: Dejémoslo en claro por si hiciera falta: «The Great Satan» no viene a reinventar la pólvora ni a buscar premios o reconocimientos académicos; es más bien una variopinta frazada armada con retazos de la obra y la onda de un viejo romanticón del rock ‘n’ roll que entiende el espectáculo como nadie. Cabe destacar el reencuentro con el dúo Riggs/Blasko, que le devolvió al grupo una pegada áspera y una química de tribuna que se había desdibujado en los últimos trabajos. Así, con un pie en el metal industrial más sanguinario y otro en el ridículo encantador de las películas de clase B, Rob Zombie entrega un disco directo, bailable, ruidoso y sumamente entretenido, ideal como banda de sonido para acelerar a fondo por la autopista o meterse de cabeza en el pogo de su próxima gira, cuando y donde sea que la haga (recordemos que su última presentación en vivo tuvo lugar el pasado 20 de septiembre en Concord, California, sirviendo como el cierre oficial de su masiva gira norteamericana Freaks on Parade junto a Marilyn Manson, The Hu y Orgy)… En tiempos tan cínicos y aburridos, que la calesita del terror siga girando a todo volumen siempre es una buena noticia.

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