
Del tango de Gardel y el rockabilly de Los Ramblers al pop corporativo de Shakira y el country lavado de Jelly Roll: la historia de las canciones de los Mundiales refleja cómo la FIFA fue reemplazando la identidad cultural y la pasión popular por jingles globales pensados para sponsors, algoritmos y playlists descartables. ¿Qué pasó con el rock en el camino?
“Esto no será solo el mayor evento de fútbol; será el mayor evento de la historia de la humanidad”. La frase -pomposa, mesiánica, sin anestesia- pertenece al presidente de la FIFA, Gianni Infantino, en la antesala del hipertrofiado Mundial 2026. Y aunque comparar un torneo de fútbol con la cúspide de la civilización humana suene un tanto delirante, hay algo de cierto en sus palabras: durante un mes, la Copa del Mundo logra hipnotizar al planeta entero. Pero un evento de semejante magnitud no se sostiene solo con goles, claro. Necesita una estética, una liturgia y, sobre todo, una banda sonora capaz de activar nostalgia instantánea: escuchar un tema mundialista es volver automáticamente a una infancia, un verano o una selección determinada. Sin embargo, si analizamos ese catálogo de himnos oficiales a lo largo de las décadas, salta a la vista una ausencia que para los amantes de las guitarras distorsionadas es un dolor de ojos: el rock… ¿Cómo una música de origen popular, festejada en tribunas y estadios inclusive terminó prácticamente expulsada de la fiesta máxima del fútbol?

EL ROCK EN EL BANCO DE SUPLENTES: EL LABORATORIO FIFA. Aunque fútbol y rock comparten la misma raíz de pasión popular, barro, descontrol y estadios repletos, la relación de la FIFA con las guitarras eléctricas siempre fue, en el mejor de los casos, fría y calculada. Con el correr de las décadas, la entidad construyó un molde musical extremadamente específico: canciones de tempo acelerado, optimismo corporativo y artificial, bases pop o dance transnacional y letras tan vagas que puedan traducirse a cincuenta idiomas sin perder su nulo contenido político: hablamos de frases aptas para todo público que hablan sobre “unir al mundo», «seguir soñando», «flamear la bandera” o «seguir luchando por un sueño». El rock, por su propia naturaleza (rebelde, imperfecta, áspera y a menudo ligada a identidades culturales o locales muy marcadas), no encaja en la plantilla de limpieza y neutralidad que los patrocinadores globales exigen. Para la FIFA, el rock es peligroso o, peor aún para sus arcas, «ruidoso» para los mercados no tradicionales que intenta colonizar. El organismo prefirió siempre el pop latino bailable de exportación, las baladas aptas per se para salas de espera de clínicas privadas, o los ritmos electrónicos aptos para boliches costeros.

Los temas oficiales de la FIFA sufren de lo que se conoce como «focus grouped to death» (destrozados por las pruebas de foco). Intentan tachar tantos casilleros a la vez (que la letra hable del país anfitrión, pero que sea global; que hable de fútbol, pero que sirva para bailar en un boliche; que inspire fraternidad, pero que venda gaseosas) que terminan estirándose para no excluir a nadie, aunque fallando trágicamente a la hora incluir o conmover a alguien real. El rock quedó exiliado a las tribunas de forma orgánica -con la gente apropiándose de riffs de The White Stripes o canciones de Creedence y los Stones- o atrapado en los albores de los años 60, antes de que el negocio de la televisión privatizara la identidad sonora del juego.
LA LÍNEA DE TIEMPO DEL SONIDO MUNDIALISTA. Para entender cómo llegamos a este presente de «slop» algorítmico y jingles de corporaciones, hay que revisar la historia clínica de la música de los mundiales. Una evolución que podemos dividir claramente en cuatro grandes eras.

1. La prehistoria y el mito rioplatense (1930) Mucho antes de que la FIFA supiera lo que era un derecho de transmisión o un contrato de esponsorización, la música y el mundial ya se habían cruzado de forma mítica. Hay que viajar a Uruguay 1930.
Dato MADHOUSE: Dos días antes de la durísima final entre Uruguay y Argentina en el Estadio Centenario, apareció en las concentraciones de ambas delegaciones nada menos que Carlos Gardel. El «Zorzal Criollo», que ya había hecho lo mismo en París tras la final de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam 1928, les cantó a ambos planteles algunos de sus éxitos, como «La Uruguayita Lucía» y «Mi Buenos Aires Querido». No era una movida comercial ni mucho menos marketinera; era un intento honesto y cultural de calmar las aguas y bajar la hostilidad de pierna fuerte que se venía en la cancha. Gardel, amigo del crack racinguista Pedro Ochoa, inauguró así la mística musical del torneo desde el tango y el fango, lejos de los escritorios.
2. Los pioneros locales y el “bizarrismo” honesto (1962-1982) Los temas mundialistas oficialmente reconocidos por la organización arrancaron en Chile 1962 y, durante veinte años, se caracterizaron por ser piezas únicas y (al menos en teoría) profundamente ligadas a la identidad del país que abría las puertas de su casa. No buscaban el éxito comercial global; eran postales sonoras locales con identidad propia.

• Chile 1962 – Los Ramblers (“El Rock del Mundial”) El único gran triunfo rockero de la historia FIFA. Nacida como una iniciativa de la banda de jazz y rock ‘n’ roll local para alentar a su selección, esta canción tomó tal escala que la organización la adoptó. Poco antes de comenzar la fiesta mundial del fútbol, el Rock del Mundial entró con fuerza en las radios de todo Chile y su éxito y masificación fueron instantáneos. Como anécdota sobre la canción, el guitarrista de la banda Óscar Soto cuenta que “la idea es que no fuera tan rockero. Iba a partir con un gran solo de saxo, con sonido orquestal. Pero el saxofonista que contratamos se quedó dormido y no llegó. Así que tuve que inventar en minutos esa clásica introducción de guitarra”. Con Germán Casas clavando una imitación perfecta de Elvis Presley sobre un piano rítmico frenético, el tema destilaba inocencia en un rockabilly acelerado: «El mundial del sesenta y dos / es una fiesta universal / del deporte y del balón…«. Al día de hoy, sigue siendo el single más vendido en la historia de la música chilena. El rock tuvo su único debut y despedida del trono.
• Inglaterra 1966 – Lonnie Donegan (“World Cup Willie”) El mundial que inventó el concepto de la mascota oficial (el león Willie) tuvo al pionero del skiffle escocés, Lonnie Donegan, cantando una balada que en su tierra tildaron de «traición» por homenajear al rival inglés. El tema fracasó en los charts, pero revisitado hoy es una gema pop-psicodélica tabernaria que suena a una horda de británicos borrachos en un pub, coqueteando con la estética de la era del «Sgt. Pepper’s». Intentaba, además, reflejar la convulsión social de la antesala de los 70.
• México 1970 – Los Hermanos Zavala (“Fútbol México 70”) Una cruza bizarra de bossa nova con un toque de mariachis, fue duramente criticada en su tiempo por su repetición robótica e infantil de la frase «México setenta», pero no obstante tuvo un innegable color local.
• Alemania Occidental 1974 – Selección alemana (“Fußball ist unser Leben”): El productor Jack White, ex futbolista profesional, metió a todas las estrellas de la selección alemana al estudio a cantar un track al estilo Schlager (pop folclórico y kitsch de la posguerra), con una melodía muy alegre. Para aprovechar el boom de la TV a color, filmaron un video donde se ve a cracks como Franz Beckenbauer con el uniforme oficial, duros como estatuas de cera, visiblemente incómodos pero cantando con orgullo prusiano: «¡Luchamos y lo damos todo, y entonces se marca un gol tras otro!»… una cápsula de kitsch puro. BONUS: La fórmula se repitió para el Mundial del 1978 con el productor Udo Jürgens, los futbolistas alemanes de entonces y la canción (no oficial) «Buenos Días, Argentina», que no tuvo tanta alegría ni éxito… ni la selección germana tampoco.

• Argentina 1978 – Ennio Morricone (“El Mundial”) La FIFA mandó a llamar al genio detrás de las bandas sonoras del Spaghetti Western de Sergio Leone. Morricone respondió a la convocatoria con una marcha orquestal sin letra (salvo un grito inicial de «Argentina, aquí el Mundial»), apoyada en los coros y sintetizadores. En una entrevista concedida al periodista italiano Gianni Minà durante el Mundial de 1978, Morricone justificó su decisión de hacer el himno oficial de aquel Mundial declarando que había escrito su obra para el pueblo, reconociendo implícitamente que era consciente de lo que estaba sucediendo. Sin embargo -y compartimos su elección- para el maestro la música debía ir más allá y llegar al corazón de la gente: «He compuesto un tema agradable y noble. Bastaría con interpretarlo más despacio. Opté por satisfacer un gusto amplio. Creo que la gente necesita ciertas evasiones. No hay nada de malo en ello si son limpias»… Fue una obra quizá demasiado sofisticada para la FIFA en una época dividida entre lo esencial de las ideas claras y las exigencias políticas y civiles de un mundo partido entre los lutos de regímenes sanguinarios y democracias no siempre dispuestas a combatirlos con firmeza. BONUS: «El Mundial» no tuvo mayor impacto en Argentina y de hecho fue lanzado apenas 20 días antes del partido inaugural. Sin embargo, en el contexto local, una marcha de carácter militar compuesta por Martín Darré, la «Marcha Oficial Del Mundial ’78» (conocida popularmente como «25 Millones») tuvo mayor difusión y popularidad. La letra exaltaba el patriotismo argentino, en línea con la propaganda llevada a cabo por la dictadura militar en vigencia.
• España 1982 – Plácido Domingo (“Mundial ‘82”) El tenor español, respaldado por una orquesta típica de las corridas de toros, grabó un pasodoble clásico que exudaba cultura ibérica por los poros. También fue, hasta el momento, el último himno no-pop de la historia mundialista.
3. El pecado original y la era dorada del Pop de exportación (1986 – 2014). En México 1986, la FIFA descubrió el negocio de la música mainstream. En lugar de producir algo con raíces locales, decidieron licenciar «Hot Hot Hot» de Arrow, un músico caribeño de la isla de Montserrat. El tema era un hit de pista de baile que nada tenía que ver con México. El matrimonio por conveniencia entre la FIFA y la industria pop transnacional se había consumado.
Para Italia 1990, la jugada maestra la hizo el productor Giorgio Moroder al componer “Un’estate Italiana”, canción originalmente titulada «To Be Number One» y escrita en conjunto por el gurú de la música electrónica Giorgio Moroder y el compositor yanqui Tom Whitlock, dúo que había triunfado con la música de la peli «Top Gun». De todos modos, Moroder no quedó conforme con la versión en inglés (tal vez por sus raíces itálicas) y le encargó la traducción y adaptación al dúo peninsular conformado por Gianna Naninni y Edoardo Bennato, ídolos rockeros italianos de los 80s, que además aportaron sus voces y su interpretación. Su versión, plena de guitarras con chorus típicas de los 90 y voces rasgadas, sucias y rockeras, se convirtió para muchos en la mejor canción de la historia de los mundiales: hoy, para el público argentino, el coro de «Notti magiche» está indisolublemente unido a las batallas de Maradona y la selección de Bilardo. El desastre ocurrió cuando intentaron traducirla por marketing: la versión en español de la paraguaya Susan Ferrer tenía una letra macarrónica y la versión en inglés cantada por Paul Engermann (la voz del tema de la peli «Scarface», de 1983) tiene la misma emoción del jingle lavado de una prepaga médica.
1994 trajo el Mundial de Estados Unidos: allí, el optimismo típico de sus deportes de estadio se sumó al fútbol y se globalizó con
«Gloryland», interpretada por Daryl Hall & Sounds of Blackness. Esta fue la época en que el torneo alcanzó la escala estadounidense: grandes voces, mayor producción, pura euforia. «Gloryland» se sintió como un espectáculo de entretiempo y una plegaria a la vez. Convirtió el fútbol en algo apto para su transmisión a una audiencia global que apenas comenzaba a comprender el potencial masivo que tenía este deporte. Y luego sí, llegó la era del descontrol bailable: Ricky Martin en Francia 1998 con “La Copa de la Vida” (opacando por completo al himno oficial olvidado de Youssou N’Dour), tema que marcó definitivamente el momento en que el fútbol se convirtió en cultura pop. De repente, la Copa del Mundo no solo tenía una canción, sino un éxito mundial. «La Copa…» no era música de fondo: era el mismísimo evento. Los estadios se convirtieron en pistas de baile y los resúmenes de fútbol empezaron a parecer videoclips. El fobal entró oficialmente en su era pop, y nunca miró atrás.
El hitazo de Martin fue seguido por un intento diverso pero no menos energético en 2002, en ocasión del mundial Corea/Japón, con «Boom», tema cantado por Anastacia. Esta canción representaba la energía de principios de los 2000 en forma de audio: confianza metálica, power pop-rock (con ciertas deudas en sonido y look a Madonna, hay que decirlo) y la sensación de que el torneo había entrado en un escenario global y tecnológico. Impactó como una inyección de adrenalina antes de un partido: menos romanticismo, más chispa. Creada para una época obsesionada con la velocidad, el espectáculo y las posibilidades, la canción capturó un Mundial que miraba fijamente hacia el futuro en lugar de reflexionar sobre el pasado: buscaba transmitir inmediatez en vez de atemporalidad, y en ese momento, lo logró.
En 2006 hubo una pausa en todo este loco frenesí bailable con una balada de tono melancólico interpretada por Toni Braxton e Il Divo (uno solo puede suponer que sus nombres fueron elegidos al azar), que definitivamente no logró transmitir la misma energía que otras canciones. Braxton comienza con una letra vaga que alude a algún evento: «Hubo un sueño/ Hace mucho tiempo/ Hubo un sueño/ Destinado a crecer»… La canción cambia al castellano a la mitad, y Braxton se esfuerza al máximo por imitar las palabras en la lengua de Cervantes, pero suena como alguien que habla por el micrófono durante una lección particularmente difícil de Duolingo.
En 2010 comienza el reinado a la fecha indiscutido -en lo que a presencia y popularidad se refiere- de Shakira. La colombiana se convirtió en la monarca absoluta del sonido FIFA. En Sudáfrica 2010, su “Waka Waka” rompió todos los récords de streaming en Spotify y YouTube, superando largamente al track promocional de Coca-Cola (“Wavin’ Flag” de K’Naan), que muchos críticos consideraban superior artísticamente por su gancho de guitarra y su optimismo frágil y honesto sobre África. BONUS: Según registros de ESPN, Lionel Messi aparece de forma consecutiva en tres de los videos mundialistas de Shakira: «Waka Waka» (2010), «La La La» (2014) y el flamante «Dai Dai» (2026). En otras palabras, la FIFA uniendo sus dos franquicias comerciales más rentables.
El declive de esta era se sintió fuerte en Brasil 2014 con «We Are One» de Pitbull, Jennifer Lopez y Claudia Leitte. El autoproclamado «Mr. Worldwide» era el avatar perfecto de la diversión genérica y plástica de corporación. El tema fue un fracaso comercial y crítico: J-Lo intentando romper el récord de rimar «unite» con «fight» en una sola bocanada y una producción tan genérica que, comercialmente, vendió menos que los singles normales de Pitbull de ese mismo mes. La máquina empezaba a quedarse sin nafta.
La era del remix global se desató en Rusia 2018 con «Live It Up», perpetrada por Nicky Jam junto a Will Smith & Era Istrefi. En este punto, las canciones del Mundial se volvieron completamente algorítmicas: estrellas globales, fusión de géneros, pulido propio de la era del streaming. “Live It Up” sonaba como una mezcla aleatoria de listas de reproducción que, de alguna manera, tenía cierto sentido: ritmo de reggaetón, carisma de Hollywood y energía pop europea se fusionaban para alcanzar el máximo alcance mediante una universalidad cuidadosamente diseñada: aunque no aspiraba a la permanencia como los temas anteriores, capturó su época en una melange de energía y ritmo con más fachada y color que verdadera sustancia.
4. El colapso del algoritmo y el infierno del Capitalismo Tardío (2022 – 2026) Llegamos a la actualidad y la FIFA ya ni siquiera intenta esconder los hilos. En Qatar 2022, el subsuelo de internet parió el hit alternativo del streamer de YouTube IShowSpeed. Su tema “World Cup” fue una atrocidad de consumo irónico apoyada por un sello real, donde el tipo gritaba los nombres de los países arriba de una base de hip-hop genérica, pronunciando «Argentinia», «Cro-tia» o «Toon-zia» (Túnez, como si fuera el país de los Looney Tunes) como si fuera la primera vez en su vida que leía el mapa del mundo. ¿El resultado? 200 millones de reproducciones: el triunfo definitivo del contenido chatarra.
Y así desembarcamos en el Mundial 2026 (Estados Unidos, México y Canadá), el torneo hipertrofiado de 48 equipos que se presenta bajo una playlist fragmentada y un ecosistema de canciones corporativas en guerra. Por un lado, la FIFA reflotó su carta segura lanzando el 14 de mayo “Dai Dai”, la colaboración de Shakira y Burna Boy que mezcla afrobeats con pop latino para intentar rascar algo de la vieja magia del 2010. Pero el verdadero eje del debate lo ocupa el track insignia lanzado unos meses antes: “Lighter”, de la estrella de country norteamericana Jelly Roll, el mexicano Carín León y el productor de hits pop Cirkut.
EL NUEVO MODELO FIFA SOUND: DE LA CANCIÓN ÚNICA AL ECOSISTEMA DE PLAYLIST. Antes de desmenuzar el polémico track estadounidense, es necesario entender el profundo cambio de paradigma comercial y logístico que la corporación implementó para este torneo. La FIFA ya no busca instalar un solo hit como en las viejas épocas; en su lugar, a través de su división musical FIFA Sound y en alianza estratégica con sellos de la talla de Def Jam, diseñó un ecosistema sonoro fragmentado: una producción titulada de forma directa «FIFA World Cup 2026 Official Album«, pensada para reflejar la enorme diversidad de un torneo expandido a 48 selecciones.Hasta el momento, este laboratorio musical ha presentado un total de 6 canciones oficiales que fusionan géneros que van desde el regional mexicano y la cumbia hasta el afrobeats, el K-pop y la música urbana. En este nuevo tablero, las canciones conviven y compiten entre sí en las plataformas digitales. Mientras que “Dai Dai” funciona como la nave insignia y el tema oficial principal de la competencia, el resto del álbum oficial está conformado por tracks diseñados quirúrgicamente para abarcar diferentes mercados geopolíticos:
- “Lighter” (Jelly Roll, Carín León & Cirkut): Es el track de apertura del álbum, un country-rock que busca representar la alianza de los tres países anfitriones (EE.UU., México y Canadá).
- “Por Ella”: Una cumbia pop que cruza a la cantante mexicana Belinda junto a la icónica agrupación Los Ángeles Azules.
- “Echo”: El regreso musical del puertorriqueño Daddy Yankee en una colaboración de pulso electrónico con la cantante jamaicana de dancehall Shenseea.
- “Illuminate”: Una fusión de pop alternativo que reúne a la canadiense-colombiana Jessie Reyez y a la artista palestino-chilena Elyanna.
- “Goals”: El ensamble definitivo de exportación que junta a la estrella de K-pop Lisa (de Blackpink), la brasileña Anitta y la figura del afrobeats Rema. Este trío ya está confirmado por la organización para presentar el tema en vivo durante la ceremonia de apertura en Los Ángeles.
«LIGHTER», EL WING MENTIROSO. La FIFA presentó “Lighter” como “un puente entre culturas”, aunque gran parte de la crítica internacional lo destrozó definiéndolo como una marcha fúnebre de country-rock. En lugar del pop energético tradicional, el track apuesta por una estética del Bible Belt estadounidense: guitarras bluseras, tono solemne y un clima que recuerda más a la cortina de una serie barata de cable que a la euforia de un estadio. El aporte en español de Carín León suena forzado, casi como un parche para cumplir con la cuota latina del torneo. Y el gran problema filosófico del tema es otro: abandona completamente la idea colectiva del fútbol para encerrarse en el individualismo espiritual de Jelly Roll y sus letras sobre redención personal, iglesias y salvación religiosa.

Quizá la contradicción más brutal aparece fuera de la música: mientras la FIFA vende inclusión y conexión global (y distingue obsecuentemente al desquiciado Donald Trump con el «Premio FIFA De La Paz»), Estados Unidos sostiene políticas migratorias cada vez más restrictivas. El absurdo es evidente: selecciones de ciertos países podrían disputar el torneo mientras parte de sus hinchas tendría enormes dificultades para ingresar al país anfitrión (como si fuera poco, recientemente se anunció que la selección Iraní podrá jugar en territorio estadounidense pero no pernoctar en ese país, por lo que tendrán que viajar a México luego de cada partido para poder dormir un poco). En ese contexto, “Lighter” termina funcionando involuntariamente como la verdadera banda sonora del Mundial 2026: un producto prolijamente empaquetado que habla de unión global mientras el mundo real se fragmenta cada vez más.
EL VEREDICTO MADHOUSE: las canciones que sobrevivieron al filtro
Quitando la hojarasca del marketing y los jingles de laboratorio, la historia de los Mundiales deja apenas un puñado de canciones realmente memorables.
1° – Italia 1990: “Un’estate Italiana” (Edoardo Bennato & Gianna Nannini) La reina indiscutida. La última vez que un tema oficial tuvo sangre, guitarras rockeras, voces gastadas, un letra creíble y con vuelo y una pasión auténtica que realmente sintonizaba con el drama y la épica de la cancha.
2° – Chile 1962: “El Rock del Mundial” (Los Ramblers) El único oasis rockero genuino de la historia FIFA.Un disparo de rockabilly y swing honesto, hecho por músicos locales para su gente, antes de que el torneo fuera una corporación multinacional.
3° – Argentina 1978: “El Mundial” (Ennio Morricone) La genialidad incomprendida. Una obra orquestal vanguardista, ambiciosa y demasiado artística para el fútbol corporativo actual, pero pegadiza de todos modos y con el toque sutil de un creador incomparable; en suma, una pieza que hoy la FIFA posiblemente consideraría «demasiado extraña» para fogonear el merchandising.
4° – Sudáfrica 2010: “Wavin’ Flag” (K’Naan) El triunfo de la melodía. Aunque nacida como campaña comercial, tenía emoción verdadera y una melodía inolvidable; su hook de guitarra y su letra sobre la resiliencia y la frágil ilusión africana barrieron por completo la solemnidad del himno oficial.
5° – Francia 1998: “La Copa de la Vida” (Ricky Martin) El manual definitivo del pop de estadios, con Desmond Child (famoso compositor muy ligado a Kiss) sumándose al dúo compositor de K.C. Porter e Ian Blake. No tenía el contenido artístico de los anteriores, pero su estribillo rítmico, ganchero e irresistible inventó el manual de cómo hacer bailar a un estadio entero. Sí, podrá ser además un autoafano a «María», pero que tiene gancho… tiene gancho.
El resto es historia conocida. A medida que el Mundial se expande para facturar más y no incomodar a ningún sponsor, sus canciones oficiales también se vuelven más neutras, más blandas y más descartables. En el camino se perdieron el barro, la identidad cultural y el rock. La música de la FIFA, en paralelo a un blooper reciente acontecido en el fútbol argentino, sigue siendo un penal picado cancheramente… pero que a la hora de la verdad pasa sobre el travesaño.
Periodista especializado en artes, espectáculos, gastronomía y cultura pop. Co-fundador de las revistas argentinas Riff Raff (entre 1985-86) y Madhouse desde 1989 hasta 2001. Director del primer fanzine de habla hispana dedicado a Kiss y autor junto a Carlos Parise del libro «Heavy Metal Argentino» (1993).








