PACIENTE: ANGINE DE POITRINE«Vol. II» (Spectacles Bonzaï, 2026)

HISTORIA CLÍNICA: A primera vista, el algoritmo de las redes sociales nos los quiere vender como otra extravagancia viral más de la época: dos canadienses de Saguenay (Québec) vestidos -y maquillados, al menos en manos y pies- con ropajes a lunares, narices fálicas de papel maché, historias sobre identidades extraterrestres de 333 años y un nombre que remite directamente al término médico francés para la angina de pecho. Sin embargo, detrás del decorado situacionista y del impacto estético inicial (a la manera de referencias históricas como The Residents, DEVO, Kiss o Gorillaz), lo que sostiene al dúo integrado por Khn De Poitrine (guitarra/bajo de doble mástil microtonal, es decir trasteado en un cuarto de tono) y Klek De Poitrine (batería) es una propuesta técnica atrozmente solvente, orgánica y cargada de sustancia real. Su concepto musical, que describen como una «orquesta de mantra-rock dada pitago-cubista» (sic), se basa tanto en la interpretación de Khn, que construye su música mediante una superposición de loops producidos en tiempo real, como en la de Klek, que aporta un acompañamiento caracterizado por frecuentes cambios de compás y ritmos. También incluyen lo visual en su proyecto artístico y declaran que con sus disfraces quieren proteger su anonimato, como unos modernos Kiss del siglo XXI, aunque musicalmente la comparación resulte improbable.

Tras años de remarla en el underground bajo distintos nombres -y aunque en la red circulen rumores de que detrás de las máscaras se esconden dos tipos llamados Marc-Antoine Mackin-Guay y Charles Thibeault-, el verdadero Big Bang internacional del dúo ocurrió tras la difusión masiva de su actuación en el festival Trans Musicales de Rennes 2025 para la emisora norteamericana KEXP. Esa electricidad del concierto en vivo es la que intenta capturar este «Vol. II«, continuación directa de su debut de 2024 (llamado, como se imaginarán y a lo Pappo’s Blues, «Vol. I»). Producido con un sonido seco, muscular y directo, sin sobreproducción ni trucos de estudio, el álbum consta de seis composiciones (repartidas en 37 minutos de pura intensidad hipercinética) construidas bajo la lógica del live looping en tiempo real -con una pedalera Boss RC600 marcando el tempo, que Khn toca descalzo- y una premisa conceptual delirante: romper con la escala occidental de doce semitonos para sumergirse de lleno en la microtonalidad de 24 cuartos de tono, gracias a un mástil modificado quirúrgicamente a mano con sierra y pegamento (!). Sí, aquí todo intriga, todo sorprende y cada detalle obliga a informarse y enterarse.

El resultado es un verdadero mamarracho genial y adictivo: imaginense a Rush tocando a las piñas en un casamiento en Turquía, o a Primus y King Gizzard haciendo una zapada frenética con los Television de Tom Verlaine en un laberinto de espejos… Desde el arranque con la sincopada “Fabienk” (que muta de un compás en 7/8 a un groove setentoso e irresistible) hasta las guitarras orientales de “Mata Zyklek” (inspirada en sus picadas en moto de nieve por los bosques canadienses, oigan), este disco instrumental no da tregua. “Sarniezz” funciona como el eje neurálgico del trabajo, combinando líneas de bajo hipnóticas con arranques de funk metal matador, mientras que “UTZP” coquetea con la polka balcánica, “Yor Zarad” acelera el pulso microtonal y la angustiante “Angor” cierra la placa acumulando capas de tensión que se disuelven en puras ondas de feedback.

DIAGNÓSTICO: Ni salvadores definitivos del rock ni simple humo mercadotécnico para alimentar a los amantes del virtuosismo: a base de sencillez, Angine de Poitrine logró la proeza de volver accesible, bailable y (créase o no) contagioso un género históricamente indigerible como el math-rock microtonal. En tiempos de fórmulas hiperprocesadas, autotune estandarizado y música generada por inteligencia artificial, «Vol. II» es una bofetada de dinamismo, frescura y sudor en presa directa. Un disco sumamente divertido que demuestra que se puede desafiar un milenio de teoría musical sin perder jamás el groove ni las ganas de pisotear el pedal a fondo. La receta ideal para hacer reventar los parlantes en un momento en que la música popular, más que nunca (y sobre todo en este siglo), necesita una buena, contundente, original y bien pensada… patada en el culo.

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