IN FLAMES, TEATRO FLORES, 19/04/2026

La última visita de In Flames al país había sido en 2023, presentando su disco “Foregone”, un trabajo que los llevaba un poco de vuelta a ciertos sonidos de death metal melódico que la banda había abandonado por décadas. Para una banda que no suele mirar mucho a su pasado, en ese show (con muchos problemas de sonido) revisitaron varias canciones de su periodo clásico. Ahora el grupo volvia sin disco nuevo y sin haberse presentado en vivo en casi un año, preparando lo que será su próximo álbum. La duda era, entonces, cuál sería la próxima dirección de la banda y en que se basaría el concierto.

La noche empezó con Bloodparade, que reemplazaron a los rosarinos de Crown ausentes con aviso por problema de enfermedad. A pesar de ser una propuesta radicalmente opuesta a la principal, fueron bien recibidos, en lo que demostraba una apertura mayor y rango de edad menor al usual entre el público.

El show de In Flames comienza fuerte con el clásico “Pinball Map”, pero, lamentablemente, las guitarras no existen en ese momento y no lo harían por un par de canciones. A falta de eso, el público se encarga de acompañar entonando las melodías faltantes.

El caso de In Flames es uno de los más particulares en la historia del metal. La banda ha ganado su fama a partir de ser uno de los precursores del death metal melódico, llevando al mundo el llamado “Sonido de Gotemburgo” junto a Dark Tranquility y At The Gates. No sería exagerado decir que los primeros cinco discos del grupo son clásicos del género. En cualquier otro grupo esa sería razón suficiente para vivir de su legado, pero no ellos. Desde el disco “Reroute to Remain” de 2002, la banda se ha empecinado en no encasillarse, llevando su música cada vez más lejos del sonido que ayudaron a crear. Para lograr eso, los discos clásicos han sido progresivamente olvidados de las listas de sus shows, concentrándose en su presente más inmediato. Eso ha hecho que el público más viejo les haya dado la espalda a medida que sus trabajos discográficos adoptaban sonidos más modernos y comerciales. Y podemos decir lo mismo de la prensa. Y mientras At The Gates y Dark Tranquility seguían recibiendo elogios, pero sin poder romper cierta barrera de público, In Flames logró renovar su audiencia a la vez que aún pueden retener oyentes longevos abiertos a los cambios.

Lo que vemos en el show es una banda que defiende fuertemente su presente para un público al que no le parece interesar demasiado ese pasado legendario que tantos aclaman. Alguien que no está interiorizado en la actualidad del grupo puede ver la lista de canciones y pensar que no hay clásicos, pero la respuesta de la gente ante canciones como “Voices” o “The Mirror’s Truth” dicen lo contrario. Son los clásicos para quienes han acompañado a In Flames en su búsqueda.

Con el correr del show, el sonido se acomoda a un punto disfrutable y uno puede concentrarse en el aporte de los miembros “nuevos”; Chris Broderick en guitarra, Liam Wilson en bajo y Jon Rice en batería. Si bien en los últimos tiempos el grupo fue perdiendo varios miembros clásicos, la banda suena renovada y con energía. Eso influye en el desempeño de sus miembros históricos; el guitarrista Björn Gelotte y el cantante Anders Fridén. De hecho, sería este último quien tendría una mayor conexión con el público, diciendo que usualmente se siente enojado arriba del escenario, pero que esta noche solo sentía amor. Se lo vio genuinamente disfrutar de una banda a la altura de las circunstancias y un público entregado a lo que es la banda hoy y no lo que fue.

Como dijimos, el repertorio se concentra en los últimos veinticinco años de la banda, con especial foco en los primeros 2000, con canciones como “Trigger” o “The Quiet Place”. Y es que esas canciones son las que mejor se equilibran con los que son las canciones de “Foregone”, su último trabajo que sigue ocupando el lugar central en la lista. Y es que dicho álbum fue mucho mejor recibido y eso se ve en la respuesta ante canciones como “Meet Your Maker”.

MEMORIA Y BALANCE

Luego de 75 minutos, la banda se despide como siempre con “Take This Life”. Existe la idea de que lo bueno debería dejarte con ganas de más y, este caso, eso sucede. A pesar de los problemas de sonido del principio, la banda deja un show sólido, que toma lo mejor de sus últimas dos décadas y recrudece un poco su sonido en vez de limpiarlo. Uno admira la filosofía del grupo, pero unos bises revisitando su pasado noventero no estaría de más.

Lo de In Flames se balancea entre lo valiente y lo obstinado. Muchos dirán que los discos desde la década del 2000 hasta hoy no son tan buenos artísticamente y se dedican a hacer discos para complacer a un público mainstream. Otros dirán que es a partir de ese momento que el grupo entra realmente en un viaje artístico, realmente haciendo lo que quieren hacer, sin prestarle atención a la opinión ajena. Por supuesto, no hay respuesta correcta, sino que se trata de hacer lo que rezaba una vieja seria de libros: elegí tu propia aventura.

Txt: Facundo Llano

Ph: Florencia Giuliana

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