
El Loserville Festival tuvo en Buenos Aires una de sus paradas más intensas y significativas. El escenario de Parque Sarmiento fue el punto de encuentro para una jornada extensa, diversa y cargada de identidad, donde convivieron distintas ramas del rock alternativo, el metal y el hip hop, con un público que respondió desde el primer acorde hasta el último y donde MADHOUSE sobrevivió al pogo para contarlo.

ARRANCANDO EL POGO.
La apertura del festival estuvo marcada por Slay Squad y Riff Raff, aportando metal/rap/hip hop y hasta un poco de death metal. Por su parte, Ecca Vandal fue una de las actuaciones más celebradas del tramo inicial: carisma, potencia y una conexión inmediata con el público argentino. Temas como “Bleed”, “Do It Anyway” y “Ghosts” encontraron rápida respuesta, consolidando un show corto pero efectivo.

A continuación, con 311, el clima mutó hacia un groove más relajado sin perder intensidad. “Beautiful Disaster”, “Amber” y “Down” funcionaron como clásicos esperables, generando un respiro antes de que la noche volviera a inclinarse hacia terrenos más pesados.

DISPARO CERTERO A LA EMOCIÓN.
Por su parte, Bullet For My Valentine cumplió el rol de detonador previo al cierre. Con un setlist fuertemente apoyado en «The Poison«, los galeses descargaron una seguidilla de temazos que provocaron pogos constantes y mucho coros. “Tears Don’t Fall” volvió a demostrar por qué sigue siendo una de las canciones más coreadas del género, incluso a casi dos décadas de su lanzamiento.
Pero el verdadero punto de quiebre emocional de la noche estaria por llegar…

A ROMPER TODO CON EL LOCO FRED
Antes de que sonara una sola nota, el escenario quedó en silencio. Los cuatro integrantes de Limp Bizkit aparecieron sentados en sillas, de espaldas al público, mientras en las pantallas se proyectaba un video homenaje que repasaba la carrera de Sam Rivers, bajista histórico de la banda, que falleció poco antes de comenzar esta gira. No hubo palabras, ni discursos: solo imágenes, memoria y respeto. Fue un inicio cargado de emoción, que marcó el tono de una gira que representa la primera sin el bajista.
El silencio se rompió de golpe con “Break Stuff”, y desde ese momento, el campo se transformó en una batalla de old school soldiers. Los pogos se abrieron en círculos enormes y, al tratarse de piso de tierra, cada ronda levantó nubes de polvo. La imagen fue tan cruda como real, cuerpos chocando, tierra en el aire, caras cubiertas de polvo y gente saliendo del pogo con la camiseta empapada y hasta los mocos llenos de tierra. Sin pirotecnia ni bengalas (como sucede en el resto de LATAM), el show lo hacía el público.

LA MÚSICA DE UNA GENERACIÓN.
El set avanzó sin pausas: “Hot Dog”, “My Generation”, “Rollin’”, “My Way”, “Eat You Alive”, combinando agresión con momentos más introspectivos como “Behind Blue Eyes”. El cover de “Sabotage” volvió a ser uno de los puntos más explosivos de la noche.
Uno de los momentos más celebrados llegó con “Nookie”. Como ya es costumbre en esta gira por Latinoamérica, el tema derivó sin corte en “Full Nelson”. La canción no termina: se transforma. La ronda se abre, la banda estira el groove y alguien del público sube al escenario para tomar el micrófono, y en Buenos Aires, el elegido fue Alan, quien representó con altura al público argentino. No fue un gesto improvisado ya que el día anterior había compartido un encuentro con Fred Durst, a quien le regaló una camiseta de la Selección Argentina con el número 10 y el apellido “DURST”. El momento fue celebrado tanto por la banda como por el público, reforzando ese vínculo especial que Limp Bizkit mantiene con Argentina desde su primera visita.

El cierre, nuevamente con “Break Stuff”, fue una descarga final de furia colectiva. Comparado con otras fechas del tour en Chile y Brasil, donde abundaron bengalas y fuegos artificiales, lo de Buenos Aires fue distinto. Acá hubo pogo, polvo, garganta y entrega total.

En definitiva, el Loserville en Buenos Aires dejó claro que Limp Bizkit no vive de la nostalgia, sino del presente, del contacto directo con su público y de una energía que, lejos de apagarse, sigue encontrando en Argentina uno de sus terrenos más fértiles.
Crónica: Maximiliano Renoldi
Fotos: Florencia Giuliana

Puedo solo decir dos cosas: pasión por la fotografía y por la música. ¿En ese orden? Aún no lo sé.








