A propósito del cumpleaños número 77 del legendario cofundador de Kiss -celebrado hoy 25 de agosto-, rescatamos un valioso e íntimo ensayo publicado originalmente en 2015 por su hijo, Nick Simmons, en la web Vice. En este texto, el músico y escritor reflexiona sin pelos en la lengua (mucho menos en la lengua de su padre) sobre el momento exacto en que la figura monolítica de su padre se despojó de la armadura del «Demon» para revelarse como un ser humano de carne y hueso, con virtudes, sesgos y contradicciones. Hoy, mientras Nick hace su vida de adulto y encabeza proyectos propios como el dúo Stanley Simmons -junto a Evan Stanley, hijo de Paul-, este testimonio que hoy reproducimos a modo de homenaje cumpleañero cobra un significado especial: un tributo honesto sobre cómo matar al héroe para poder amar al verdadero padre.

Mi papá, Gene Simmons, dice pelotudeces (y vos también)

Por Nick Simmons

Patton Oswalt (N. conocido actor, guionista y comediante standupero estadounidense) tiene una rutina sobre la primera vez que se dio cuenta de que uno de sus padres decía pelotudeces. “Cuando estás creciendo, hasta cierto punto, no importa lo que diga un adulto, es palabra santa”, dice. “Y después llega ese primer momento en el que pensás: ‘Me parece que esto es una reverenda estupidez’”. Para la mayoría de nosotros, me imagino, ese momento llega temprano.

A mí me llegó bien entrada la adolescencia. Y la revelación fue mucho más difícil de tragar.

Esta es la última vez que voy a mencionar esto, así que tómenlo como un descargo de responsabilidad: voy a hablar de la experiencia con mi padre, Gene Simmons, de manera directa. Eso significa que, inevitablemente, voy a hablar de a qué se dedica. No voy a evitar mencionarlo, pero tampoco me voy a detener en eso innecesariamente. Voy a hablar de él como un ser humano separado y único de su reputación, su persona y el personaje que interpreta en la vida cotidiana. Considero que, en general, la rebelión por la sola rebelión es una forma de esclavitud tan grande como el conformismo. El imán que empuja manipula tanto como el imán que atrae; de cualquier manera, hay una fuerza externa moviendo los hilos. Así que voy a ignorar cualquier expectativa y simplemente voy a hablar de mi papá.

Hoy, con mi 1,88 metro de altura, supero por bastante a mi padre. Pero antes de que me llegara la pubertad, él era monolítico. Recuerdo sentir su presencia física en mis huesos; era aterradora y reconfortante, todo al mismo tiempo. Cuando escuchaba esa voz retumbar por el pasillo como una piedra rodando y esas botas gigantes golpear contra el piso de madera, me sentía como la primera vez que vi al T-Rex en la «Jurassic Park» original.

Papá tenía esa voz profunda de barítono. Si quería que yo hiciera algo, «hacía un trato» conmigo y me estrechaba la mano con firmeza, como si yo fuera un socio igualitario en una empresa comercial (siendo esa empresa algo así como «no le pegues a tu hermana y después comemos galletitas de mazapán»). Nunca nos habló como a bebés. Nos envolvía en clichés paternales en cada oportunidad posible, frases hechas como «cada día sobre la tierra es un buen día» o «solo recibís el respeto que exigís». Hay algo rescatable en esas frases, por supuesto, aunque las repitiera sin parar. Es un buen disco, aunque esté rayado.

También recuerdo cómo todos los demás adultos se plegaban a su voluntad. Era famoso, exitoso y todos escuchaban cuando hablaba. La gente se agachaba a la altura de mis ojos y me decía con total sinceridad: «Sabés que tu papá es una leyenda, ¿no?».

En resumen, yo pensaba que todo lo que decía mi padre estaba escrito en piedra y forjado tras años de experiencia y pruebas. Pero a medida que yo crecía y él empezaba a achicarse, empecé a ver las grietas. Empecé a ver sus poros, sus canas, esas pequeñas imperfecciones que lo hacían humano. Me di cuenta de que era un hombre y que, como todos los hombres, tenía una percepción distorsionada y construida de las cosas, subordinada a cualquier narrativa bajo la cual funcionara su cerebro.

Esa revelación me llegó en la secundaria, cuando empecé a aprender sobre las drogas. Mi padre se enorgullece (léase: alardea ante cualquiera que le pregunte) de no haber fumado, bebido ni drogado en su vida, salvo por un incidente en el que unos brownies «especiales» se confundieron con brownies normales.

Hasta el día de hoy, es profundamente antidrogas. Quizás debido a encuentros estresantes con adictos en la escena del rock & roll de los 70 y 80, resiente a los adictos como personas. En su experiencia, ellos hicieron que su vida y su trabajo fueran más difíciles de lo que deberían haber sido.

A menudo habló -y habló de más- sobre este tema. Recuerdo mirar las noticias con él en la cocina cuando era adolescente, viendo historias trágicas de adicción y violencia, episodios de «Behind the Music» en VH1 y cosas por el estilo. Se ponía bastante emocional y siempre exclamaba algo como: «Esos idiotas. Deberían aplicarles [insertar castigo medieval X, Y o Z]». Mi madre, que siempre es la voz de la razón, le pegaba con una revista o le tiraba una pastilla de menta por esos arrebatos.

Y es una hipérbole, claro, pero él cree en leyes severas contra las drogas y no tiene empatía por los adictos. Tras hablar largo y tendido con él sobre el tema, hoy sé que ese resentimiento no es una reacción contra las víctimas trágicas y médicas de la adicción. Resiente más a las personas que eran cuando tomaron esa primera decisión: la decisión de probar la primera dosis, clavarse la primera aguja o aspirar la primera línea. Él no puede empatizar con esa primera decisión de apostar con lo que, a sus ojos de inmigrante, es una vida en la tierra de las oportunidades. Cree que la responsabilidad recae en el adicto por haber probado primero, sabiendo todo lo que sabemos en esta era de la información. Tomar ese riesgo es renunciar a su simpatía. El hombre que muere atacado por un oso después de haberlo pinchado con un palo se merece su destino. Esa es, más o menos, su filosofía sobre las drogas, si puedo hablar por él. Y admito que, en cierto modo, tiene sentido.

Pero como ocurre con muchas de sus filosofías de vida en general, mi padre lleva esa premisa a un extremo absolutista y abusa de la hipérbole. Eso le ha traído problemas, y mi familia y yo hemos lamentado el alimento para la prensa amarillista en el que a veces se convierte.

Nick un poco más mayorcito, con su mamá Shannon, su hermana Sophie y su papá Gene

Fue durante una de esas situaciones cuando me di cuenta de que no estaba de acuerdo con mi padre. Había un fragmento de audio circulando en la televisión e internet, y la gente lo atacaba por su forma de hablar dura y muchas veces no literal. Me di cuenta de que, aunque quería defenderlo como hijo, estaba de acuerdo con sus críticos. No parece un sentimiento muy profundo a simple vista, pero esa revelación trajo consigo un momento enorme de disonancia cognitiva. Ni siquiera había considerado que estar en desacuerdo fuera una opción.

Yo conocía gente que fumaba marihuana. La mayoría de la gente que conocía bebía. Pero no podía llegar a la conclusión, como hacía él, de que cualquier impacto negativo en la salud derivado de esas elecciones fuera merecido. Al fin y al cabo, la vida es un riesgo. Me di cuenta de que no creo que la marihuana y el alcohol deban tratarse igual que la heroína y el cigarrillo. Agruparlos a todos como dañinos por igual es tirar al bebé junto con el agua sucia. Yo creía, y sigo creyendo, que la mayoría de las drogas deberían despenalizarse y tratarse como un asunto médico, no criminal. Creo que si de verdad somos dueños de algo, es de nuestro propio cuerpo, y deberíamos ser libres de hacer con él lo que queramos mientras no dañemos a otros. Sabía que mi padre nunca estaría de acuerdo, y sabía por qué: iba en contra de la narrativa bajo la cual él operaba. Esa también había sido mi narrativa… hasta que cambié de opinión y escribí una nueva.

Que estés de acuerdo o no con mi opinión sobre el uso de drogas es irrelevante; el punto central es que él me enseñó una lección más valiosa desde el desacuerdo que cualquier otra que me haya enseñado cuando estábamos de acuerdo: que ninguna creencia es sagrada. Me enseñó, sin querer, que nuestros héroes pueden estar equivocados. Si hubiera escuchado su opinión sobre los adictos a una edad más temprana, habría estado de acuerdo simplemente por emoción, porque lo consideraba sabio y porque era mi papá. Era la falacia de apelación a la autoridad, y yo estaba viviendo dentro de ella, al menos hasta ese momento. Incluso si resulta que estoy equivocado en esto, ese sentimiento -de que la autoridad bien podría estar equivocada- fue un momento clave en mi desarrollo. Si esta figura autoritaria y divina podía equivocarse en algo, entonces nadie más, por más calificado o poderoso que parezca, podía estar en un pedestal semejante. Lo que importaba era la evidencia, no la autoridad.

Una vez que le vi la grieta a la armadura, el resto se desmoronó fácilmente. Ya no era Superman para mí.

Recuerdo el primer año en que lo superé en altura. Me miró de abajo hacia arriba, después miró mis zapatos, me volvió a mirar y dijo: «Esto es ridículo. No me gusta». Desde entonces solo crecí más, y nuestra interacción se volvió cada vez más cómica. Si me siento frente a él en un restaurante, es inevitable que nos choquemos los pies. Él se golpea la frente contra la mesa y dice algo como: «Increíble. No puedo escapar». El T-Rex, el coloso, ya no está. Es solo un hombre, y es mucho más interesante por eso.

Nick un poco más adulto, con su mamá Shannon, su hermana Sophie y su papá Gene

Antes yo recibía las lecciones de mi padre como un estudiante entusiasta, receptivo y con los ojos abiertos. Nunca discutíamos. Hoy lo hacemos, y a veces las cosas se calientan, especialmente en temas de política o cuestiones sociales. Pero a través de todo esto, descubrí que al final me respeta más -incluso si nunca nos ponemos de acuerdo- que cuando simplemente asentía de forma pasiva.

Mis diferencias con él también hicieron que sus roces ocasionales con la prensa sean mucho más fáciles de digerir. Pasa al menos una vez al año, y simplemente ya no me molesta. Las opiniones contundentes son solo eso, y no importa lo que digas, siempre habrá alguien con el dedo medio levantado y listo para responder, ya sea desde la multitud o de forma individual.

Esta lección se aplica tanto al legado profesional de mi padre como a su rol de progenitor. Hoy en día vive rodeado de personas que le dicen a todo que sí casi constantemente. Pero sus mayores logros ocurrieron durante los momentos de fricción, antes de los aduladores. Cuando formó Kiss, era un pibe alto, flaco y torpe en Nueva York. Nadie le decía que sí. No le iba bien con las mujeres. La gente pensaba que era tonto porque no hablaba bien inglés. Mi padre y Paul tuvieron que pelear por cada contrato y cada concierto, tuvieron que luchar contra las malas críticas, las deudas y los trabajos de mierda; tuvieron que luchar contra todo para lograr lo que lograron. Tuvieron que no estar de acuerdo con todos. Tuvieron que creer que todos los demás, que cada autoridad, estaba equivocada.

Por eso, es importante estar en desacuerdo. Es importante matar a tus héroes. Y, a veces, tenés que matar a tu padre. Matarlo para poder amarlo a él y a sus defectos mucho mejor de lo que se puede amar a un arquetipo vacío. La lección más importante que me enseñó es que -al igual que todos los demás- a veces, dice pelotudeces.

Feliz día del padre atrasado, viejo.

(Podés seguir a Nick en Instagram)

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