Sean bienvenidos a Terapia De Grupo, la sección de MADHOUSE en donde te contamos las novedades de la movida emergente rockera. Sebastián Petrocelli, conocido artísticamente como Vocha, inició su etapa solista en 2023 con “9:16”, después de su paso por Rayo. Ahora presenta “13”, su segundo disco, una obra conceptual que combina pop, rock alternativo, guitarras y experimentación alrededor de la transformación, la suerte y la ayuda colectiva. Sobre el proceso de creación, el concepto del álbum, su dimensión audiovisual y los próximos pasos, charlamos con Vocha en este ida y vuelta que ya arranca.

¿Cómo fue el proceso de composición y grabación de “13”?

Las canciones salieron de maquetas y esbozos que fui juntando durante años, algunas bastante viejas. Pero el disco como tal se armó en el estudio con Neón Algo, el productor. La idea que le propuse fue no separar la preproducción de la grabación: juntarnos a armar los temas y que eso que grabábamos fuera lo que quedara. Nada de maquetear todo, después ensayar, después grabar prolijo. Buscar el momento en el que la idea aparece y respetarlo.

¿Y con respecto a las letras?

Las letras las dejé casi todas para el final y las escribí juntas, cuando ya sabía de qué se trataba el disco, así que terminaron hablándose entre ellas. Y ahí también apareció la idea de los invitados, porque varias letras tenían partes que dialogaban entre sí. Invitamos a Juku Ares en “Enfermedad”, María Codino y 0800ALGO en “Intentar” y Nicolás Alfieri en “Renuncio”.

Decidiste preproducir y grabar casi en simultáneo, dejando espacio para que muchas ideas surgieran en el momento. ¿Qué te permitió ese método que quizás no hubiera aparecido en un proceso más tradicional?

Permitió que quedaran cosas que en un proceso ordenado se hubieran limpiado. Sonidos encontrados ahí, tomas que técnicamente podrían estar mejor, pero tienen algo que después no volvés a conseguir, decisiones tomadas en dos minutos que si las pensabas una semana no las tomabas nunca. Cuando grabás para “capturar” en vez de para “corregir”, el error deja de ser un problema y pasa a ser información. Y hay algo más que tiene que ver con el disco: dejar que las cosas lleguen cuando tienen que llegar es hacerle lugar a la suerte, aplicado al oficio. Si tenía todo cerrado de antemano no había manera de que apareciera nada. El método terminó siendo el concepto puesto a trabajar.

El número 13 funciona como el corazón conceptual del disco y está asociado a la muerte simbólica, el renacer y la posibilidad de torcer el destino. ¿Cuándo apareció esa idea y cómo fue tomando forma hasta convertirse en el concepto que atraviesa todo el álbum?

Apareció apenas empecé a ver qué era lo que cruzaba las canciones. Cuando entendí que el tema era transformarse, dejar morir estructuras internas basadas en el miedo para darle lugar a la intuición, y pelear la suerte junto a los demás, el número se me vino a la cabeza solo. Es mi número de la suerte, el número con el que empujo al destino. Y después, cuando me metí a investigar, se armó todo. El 13 es un número sagrado para los mayas, el arcano XIII del tarot es La Muerte, que no significa el final de algo sino la transformación, y así con varios ejemplos históricos y culturales. De hecho, la mala fama del 13 viene de ancestros que leían el cielo y se asustaron al ver terminar los ciclos lunares. En algún momento eso se interpretó como algo malo y se transmitió así. Pero en realidad siempre se trató de la transformación. Le pusimos “desgracia” al proceso de que algo termine, cuando es la única forma de que empiece otra cosa.

Después del debut “9:16”, que exploraba las relaciones humanas en tiempos de redes sociales, “13” parece abrir la mirada hacia cuestiones más espirituales y existenciales. ¿Qué cambió en vos entre un disco y otro para que aparecieran estas nuevas preguntas?

“9:16” lo hice en pandemia con Rayo, mi banda de entonces, que se separó a mitad del proceso. Salió cuando yo ya estaba en otro momento, así que esas canciones me representan, pero las sentí desfasadas en el tiempo apenas las publiqué. Entre un disco y otro tuve que dejar morir un montón de cosas, y aparte cambió el mundo. Hoy hay un individualismo gigante, la inteligencia artificial hace que todo pierda sentido y valor, se corrió el foco de la felicidad del ser humano. Y en ese contexto me encontré buscando respuestas en lo espiritual, que es lo único que quedó para hablar de lo que no se puede medir. No me volví religioso, pero sí empecé a pensar la fe, la intuición y la pelea colectiva como herramientas concretas. “13” es ese acercamiento.

En lo sonoro hay una vuelta explícita hacia las guitarras, pero también aparecen voces saturadas y efectos poco habituales. ¿Qué buscabas encontrar con esta combinación entre canciones de pop y rock alternativo y una producción más experimental?

Yo soy guitarrista antes que cualquier otra cosa, y encaro las canciones desde ahí. En “9:16” las guitarras son más limpias, hay menos capas y en muchos casos no son protagonistas. Acá volvieron al frente, que es lo que pasaba en mis canciones antes de ser solista. Lo de las voces saturadas y los efectos raros viene bastante del método: cuando buscás el sonido en el momento en vez de arreglarlo después, terminás en lugares donde no ibas a llegar por decisión. Y me interesaba esa tensión, que la canción sea pop, que tenga melodía y color, pero que la textura esté rota. Que suene lindo y a la vez suene a algo que se está por romper. Es más o menos lo que le pasa al personaje del disco.

Cada canción tiene su propio videoclip y, al mismo tiempo, todas las piezas forman parte de un cortometraje ambientado en una Buenos Aires onírica. ¿En qué momento entendiste que la historia de “13” necesitaba también una dimensión audiovisual para estar completa?

El disco ya era conceptual desde el arranque, así que siempre supe que quería que tuviera imagen. Lo que no tenía era presupuesto para hacerle un videoclip a cada canción. Entonces fui con la idea y con la plata que había a Eze Nieto, Fer Sagle y Fede Milutinovic, y ellos me trajeron un guion mucho más narrativo del que yo esperaba y la convicción de que con ese presupuesto se podía hacer algo con sentido, a base de involucrarse y sumar a todos sus amigos del mundo audiovisual. Fuimos refinando, terminaron siendo más rodajes de los que pensábamos, y cuando estuvo listo ya no era una serie de videos, era una película. Para mí eso es la prueba del disco: tuve fe de que se podía, le hice lugar, y apareció gente que lo tomó como propio. Fe más trabajo más comunidad. Es literalmente lo que dice “13”.

¿Cuáles son los próximos planes de Vocha después del lanzamiento de “13” y de la presentación del 18 de septiembre en Lalalá?

En Lalalá, tocamos “13” entero, más canciones de “9:16”. Después la idea es seguir llevando el disco a la mayor cantidad de lugares posibles del país y de otros países también.

Para cerrar: ¿por qué los lectores de MADHOUSE deberían darle play a “13”?

Porque es un disco hecho a mano, humano, con buenas canciones, con guitarras, y con una idea que lo sostiene de punta a punta. Y porque habla de algo que creo que le está pasando a mucha gente: estar cansado, medio roto, con la sensación de que todo se mide y nada vale, y aun así querer intentarlo de nuevo. “13” no promete que te vaya bien. Propone que a la suerte se le puede hacer lugar, que para eso hay que dejar morir algo, y que solo no se tuerce nada. Si eso te resuena, tenés ocho canciones y una película esperándote.

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