El 26 de octubre de 1981, en un estadio de básquet de la italiana Bologna con capacidad para 4000 personas, un cantante inglés de 23 años que nunca había tocado fuera del Reino Unido subió por primera vez a un escenario con Iron Maiden: según él mismo recuerda, no abrió los ojos hasta la cuarta canción… Cuarenta y cinco años después, aquella noche sigue marcando el punto exacto en el que Bruce Dickinson hizo su debut con la doncella de hierry y la banda dejó de ser una promesa: encendé entonces las velitas de la torta, que a continuación te soplamos cómo fue aquella noche que hizo historia en el universo del heavy metal.

¿CRISIS? ¿QUÉ CRISIS? Iron Maiden no llegaba a Bologna en crisis. Llegaba en un momento incómodo, que no es lo mismo aunque se le parezca. A fines de 1981, la banda que capitaneaba Steve Harris ya no era un secreto de los pubs londinenses. Tenían en su haber dos discos y un EP -«Iron Maiden» (1980), «Killers» y «Maiden Japan» (ambos lanzados en 1981)-, una reputación de animales de escenario y nueve meses de ruta encima, con fechas por medio mundo, incluyendo su etapa como grupo soporte de Judas Priest en la pata americana del World Wide Blitz Tour y un recordado paso por el célebre Hammersmith Odeon londinense. La locomotora andaba, de eso no había ninguna duda: el problema era el tipo que iba adelante.

Corría 1980, el escenario del Lyceum londinense era chico y había que remarla: Paul Di’Anno sufre otro durísimo pisotón de Steve Harris, tanto que le duele hasta a Dennis Stratton

Paul Di’Anno, la voz rasposa y canchera de los primeros años, su carrera se estaba desarmando en la ruta. El consumo de drogas y alcohol para «anestesiar el dolor» de estar lejos de casa se le había vuelto un problema estructural. «Cuanto más éxito teníamos, menos podía o quería lidiar con eso», recordó Harris en el DVD «Early Days«. «Me acuerdo de un show en Alemania en el que decía: ‘No quiero estar acá, quiero irme a casa'»… El guitarrista Dave Murray lo confirma: «Había noches en que directamente no quería salir al escenario; se quedaba sentado al costado». La situación simplemente no podía continuarde esa manera, y fue así que el final de Di’Anno como vocalista de la banda inglesa empezaba a asomar en el horizonte.Más precisamente en el horizonte de la capital danesa.

COPENHAGUE, 10 DE SEPTIEMBRE DE 1981 El 10 de septiembre de 1981, en el Odd Fellow Palaeet de Copenhague, Dinamarca, Di’Anno tocó su último show con Maiden. La salida no tuvo nada de romántico: según la biografía oficial de la banda, se lo despidió por su estilo de vida, no porque Harris se hubiera despertado con ganas de otra voz y otro cantane. Harris lo resumió con una sequedad bien británica: «Se hizo una cena de despedida para Paul, al día siguiente se fue, entró Bruce y el resto es historia»… Di’Anno, que no era de andarse con medias tintas, comparó años después a Harris y al mánager Rod Smallwood con Hitler y Mussolini (!) por la disciplina militar con la que manejaban el asunto. Veía a Maiden cada vez más como una corporación aceitada y cada vez menos como una banda de rock. Smallwood fue igual de frontal: «Paul no podía durar mucho más con la forma en que se trataba a sí mismo». Había, de fondo, un choque de visiones: Maiden quería dar el salto a un show más teatral, más grande; necesitaba un frontman capaz de sostener a la banda en los grandes estadios, alguien que estuviera para cosas mayores. El recambio, entonces, no fue un capricho estético: fue más bien una apuesta de supervivencia.

UN PUESTO Y DOS FINALISTAS. La banda se lanzó a la búsqueda inmediata de un reemplazante y fue así que probó al cantante Terry Slesser, por entonces en la banda Crawler, que simplemente no aguantó el catálogo. De hecho, se pusieron en contacto con él a espaldas de Paul Di’Anno mientras este aún formaba parte de la banda, pero su voz ronca, curtida por el whisky, no encajaba con el material más técnico de Maiden. Pero ojo que Slesser no era un improvisado: venía de Back Street Crawler, la banda de Paul Kossoff tras salir de Free, y era amigo de AC/DC desde que los teloneó en el Marquee en 1976. Cuando murió Bon Scott, en 1980, lo citaron para probarlo como reemplazo; ensayó «Whole Lotta Rosie» y «Highway to Hell» en un estudio de Pimlico, en un clima de velorio. Quedó entre los dos finalistas y perdió contra su amigo Brian Johnson, otro geordie (nativo de Newcastle) como él… Un año y medio después, Harris tiró el nombre de un tal «Bruce Bruce» (tal era el nombre artístico de Bruce Dickinson), el frontman de los rivales Samson, y Smallwood no se entusiasmó: se convenció a medias tras escuchar una canción, viendo a Samson en el festival de Reading. La bienvenida, después, fue una orden: «Parecés un roadie (plomo); tomá, acá tenés 30 libras, andá a comprarte una campera de cuero.»

Samson posa en Londres, allá por agosto de 1981. De izq. a der, Paul Samson (guitarra), Mel Gaynor (batería), Bruce Dickinson (voz) y Chris Aylmer (bajo) sonríen en distintos estilos.

EL SUEÑO DEL PIBE. Dickinson ya había cruzado escenarios con Maiden cuando teloneaba con Samson, y los había visto en el Music Machine de Camden. Se quedó seco. «Vi enseguida de qué era capaz el resto de la banda y pensé: ‘Dios mío, me encantaría cantar con ellos'», contó después. En septiembre de 1981, días después de la salida de Di’Anno, audicionó en un local de ensayo de Hackney y grabó una cinta con los temas «Killers», «Twilight Zone» y «Wrathchild». Le ofrecieron el puesto en el momento, con una frase que resume todo: «Ah, dicho sea de paso… el mes que viene giramos por Italia». Y claro, a Dickinson se le pusieron las tachas de punta: ahí le cayó la ficha de que así, de golpe y porrazo, ya estaba jugando en primera… solo faltaba salir a la cancha a mostrar que podía ponerse la camiseta y jugar. «Ya había estado dando conciertos con mi banda, Samson, ¡pero esto era algo muy distinto!», recordó Bruce en un reportaje publicado en la reviste Kerrang! en 2020. «Siempre he usado esta analogía: fue como si un futbolista pasara del Wycombe Wanderers al Manchester United. De repente, estaba jugando en la Premier League; o, al menos, esa era la sensación. Con Samson nunca tocamos fuera de Inglaterra. De hecho, yo apenas había estado en el extranjero; solo hice un par de viajes escolares y unas vacaciones organizadas para esquiar con una novia cuando estaba en la universidad, y eso fue todo. ¡Así que, de repente, embarcarme en una gira de cinco fechas con Maiden fue algo enorme!»

RUMBO A BOLONIA El 26 de septiembre se incorporó oficialmente. Exactamente un mes más tarde, el 26 de octubre, estaba arriba de un escenario en el Palasport de Bologna, secundado además de Harris por Dave Murray, Adrian Smith y Clive Burr. Fue el puntapié de una gira corta que arrancó en Italia -cinco fechas, según su propio recuerdo- y siguió por el Reino Unido. El viaje hasta allá fue en un micro destartalado. Dieciocho horas. En un momento, la alfombra del pasillo empezó a levantarse sola: ¿una decoración excéntrica? ¿algún fenómeno físico? ¿o cosa ‘e mandinga? Nada de eso: según recuerda Dickinson, «El trayecto se hizo eterno, ya que viajábamos en un micro de gira que no parecía precisamente muy confiable; aún así, para mí era emocionante, porque nunca antes había subido a uno. Después de unas 18 horas, la experiencia empezó a cansar, pero pensé: ‘Más vale que me vaya acostumbrando’… En un momento dado, la alfombra del pasillo central empezó a levantarse. Pensé: ‘Qué raro…’, y resultó que había una escotilla en el suelo que daba directamente a la carretera… ¡y no estaba bien atornillada!»

El Palasport de Bologna: ahí adentro debutó Dickinson

A PRUEBA ANTE TODOS Antes de salir a tocar, el panorama no ayudaba. La banda arrastraba obligaciones de gira que no se podían cancelar sin costo, y el recambio se hacía a la vista de todos, sin red. «Estaba consciente de que estaba a prueba, no solo con el público sino con el equipo técnico», dijo. «Era la primera vez que veían mi cara». Y por supuesto, la mayor parte del público lo iba a comparar sí o sí con el cantante anterior… Su estrategia fue simple: no mirar. «Creo que ni siquiera abrí los ojos durante las cuatro primeras canciones del concierto. Y, por supuesto, el equipo técnico -que llevaba ya un tiempo de gira con Maiden- me observaba y me evaluaba. ¡Todos me miraban como si tuviera dos cabezas! Pero yo ya sabía que eso pasaría, y tenía claro que simplemente debía seguir adelante. Sabía que el público había visto a la banda con Paul [Di’Anno], así que había cierto lastre. Pero, al mismo tiempo, había gente para la que todo esto era algo totalmente nuevo. Así que te encontrabas con una especie de resistencia por parte de algunos sectores; aun así, como digo, sabía que solo tenía que seguir adelante. Además, no se trataba solo de mi presentación; estábamos tocando temas de ‘The Number of the Beast’ que nadie había escuchado todavía, así que era algo muy distinto a lo que ellos conocían.

17 TEMAS Y TRES BISES Lo que sonó esa noche fue un set de 17 temas, armado como una declaración: los clásicos que la gente ya se sabía de memoria -«Sanctuary», «Wrathchild», «Running Free», «Phantom of the Opera», «Remember Tomorrow»- y, según el propio recuerdo de Dickinson, material inédito de un disco que todavía no existía. El público pidió tres bises; el último fue un cover de Montrose, «I Got the Fire». Todo en un recinto con capacidad para 4000 o 5000 personas, que para él era «el lugar más grande en el que había tocado en mi vida», agregando: «Después del concierto, tuve la sensación de que habíamos hecho un buen trabajo, pero no sentí que hubiéramos conquistado todo en una sola actuación. Era evidente que el proceso aún estaba en marcha. Estábamos preparando el terreno -algo que continuó durante un tiempo-, pero sabíamos que íbamos por el buen camino: el nuevo material nos ponía la piel de gallina, y éramos conscientes de que, en cuanto pegara en la gente, se produciría ese gran cambio».

Burr, Murray, Smith, Harris y Dickinson posan en Milán (aunque con esos colores de fondo bien podría tratarse de Barcelona, o quizá la cancha de San Lorenzo), días después del bautismo de fuego del cantante

UN TRABAJO EN PROGRESO. Ya con el diario del lunes (y con casi medio siglo de por medio), hay que concluir que Dickinson tuvo razón con lo del progreso, pero se quedó corto con lo demás. En enero de 1982 la banda entró al estudio y en marzo salió «The Number of the Beast», el disco que la convirtió en fenómeno global y que hizo de «Run to the Hills» un éxito avasallante en los rankings de Inglaterra y todo el Reino Unido. Lo que había empezado como una maniobra de supervivencia en una cancha de básquet italiana terminó siendo el arranque de la era más grande del heavy metal británico. Posteriormente Dickinson se iría en 1993 y volvería seis años después; desde 1999 sigue al frente… pero esa es otra historia, historia que por suerte aún continúa, 45 años después. BONUS: Hay un detalle que en 2026 pesa distinto. Paul Di’Anno murió el 21 de octubre de 2024. Este 45º aniversario es el primero que se cumple sin él, y la noche de Bolonia -que durante décadas se contó como el momento en que Maiden se salvó de la extinción- también puede leerse hoy como el día en que la banda empezó a despedirse de su primera voz.

QUÉ ESCUCHAR Y QUÉ VER (ES UN DECIR) EN EL VIDEO. Cuarenta y cinco años después, el video de aquel show sigue dando vueltas: borroso, amateur, imperfecto… pero valiosísimo. Si querés medir de qué se trataba el examen, prestá atención al ahínco que Dickinson le mete a «Wrathchild», a los agudos operísticos que despliega en «Remember Tomorrow»-increíble que esta canción no la haya escrito él- y a los aullidos de «I’m running freeeeeee!», que llenan solos todo el Palasport… Ahí, en ese registro que se estira y se rompe, está el momento exacto en que Iron Maiden dejó de ser una banda prometedora y se convirtió en la aplanadora metalera que todos conocemos.

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