STEVE JONES w/ BEN THOMPSON: LONELY BOY – Tales from a Sex Pistol (William Heinemann: London, 2016 – 320 págs.)

Al momento de escribir estas palabras, se han publicado suficientes libros sobre los cinco miembros de los Sex Pistols como para llenar toda una estantería. El primero en ingresar al mundo de la palabra escrita e impresa fue el bajista Glen Matlock; su biografía “I Was a Teenage Sex Pistol” (1990) es un libro erudito e iluminador. Vicious, bajo fianza por el asesinato de su novia Nancy Spungen, murió en un departamento de Nueva York en febrero de 1979, y por ende no dejó ningún relato escrito por su propia mano acerca de su etapa con la banda; del puñado de libros sensacionalistas sobre su frenética vida, posiblemente lo mejor es “Sid’s Way: The Life And Death Of Sid Vicious”, de Alan Parker y Keith Bateson (1991). Lydon fue el siguiente con “Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs” (1994), una autobiografía extrañamente elegíaca que ha sido alabada como una de las mejores obras del género.

Ahora la bolilla que faltaba, es decir la perspectiva del guitarrista Steve Jones, emergió el año pasado también en forma de libro. “Lonely Boy: Tales From A Sex Pistol” es una dilatada autobiografía que recuerda sus días desde su niñez en Londres a finales de los 60, hasta su vida actual como DJ en California. Aunque Jones con el tiempo superó su dislexia infantil y alcanzó cierto nivel cultural, “Lonely Boy” se lee (en inglés, aclaremos) como si hubiera sido dictado y editado por su co-autor, Ben Thompson. Claramente pensado para un público británico, el libro no traduce sus más oscuros términos y frases cockney, aunque pueden decodificarse en el contexto. El estilo es mayormente demótico; la cantidad de veces que asoma la palabra “fuck” fácilmente supera a cualquier película de Scorsese, pero al menos le da al libro una cierta autenticidad que a veces se pierde con otras autobiografías escritas por fantasmas; cualquiera que haya visto la excelente película de Julien Temple, “The Filth And The Fury” (1999), sabrá que hay tantos improperios en el discurso de Jones como diamantes en un huevo de Fabergé.

Al igual que Lydon y Vicious, Jones tuvo una infancia de privaciones, y los recuerdos de la negligencia sufrida -y dos episodios de abuso sexual a manos de dos hombres diferentes- son desgarradores. Jones reaccionó acostándose con cada mujer que pudo y convirtiéndose en una “ola de crimen de un solo hombre”, robando todo aquello a lo que podía echarle mano y huyendo de la policía en el proceso. A veces fue capturado y marchó preso; a veces no: “Joder de vez en cuando al Old Bill (N.: en cockney, la policía inglesa) era lo más excitante”, confiesa en un tono reverencial con el cual uno supone que muchos delincuentes juveniles reconocerán y se identificarán. A esto le siguieron algunos trabajos legales, incluyendo el lavado de taxis y asistente de plomero, ninguno de los cuales le dio dinero o duró demasiado.
La ruta de Jones hacia la música fue, como la de tantos punks, a través de la contracultura de finales de los años sesenta. La distancia entre el punk y su predecesor hippie es mucho más corta de lo que parece, y no es ninguna sorpresa leer de la petición de Jones a un vecino para que ponga su disco de Jimi Hendrix por enésima vez. Poco después entró en contacto con el futuro manager de Sex Pistols, Malcolm McLaren y su pareja la diseñadora Vivienne Westwood, como así también con un puñado de futuros punks, incluyendo a sus compañeros de banda Paul Cook y Glen Matlock. Jones no pierde tiempo en señalar las maneras en que muchos otros punks se despojaron de sus adornos glam, prog o psicodélicos cuando vieron a los emergentes Sex Pistols en 1975 y principios de 1976, dejando en claro, por supuesto, que los Pistols lo hicieron primero. Eso es en gran medida cierto, en el contexto de la escena musical de Londres en todo caso; pero sí tiende a ignorar el hecho de que las influencias que actuaban sobre la banda también lo hacían sobre un gran número de otros grupos punk embrionarios al mismo tiempo.

Esta sección del libro es entretenida. Por consenso entre los miembros supervivientes, el momento más feliz para la banda fue el período inicial de su existencia, antes de que alcanzaran la fama. Sin embargo, la fijación de Jones en los años 60 y la temprana carrera del grupo da lugar a disparidades, incluso en el aspecto que más probablemente despierte el interés de sus lectores: los 14 meses frenéticos desde la célebre entrevista televisiva con Bill Grundy en diciembre de 1976 hasta el concierto final de la banda en el Winterland Ballroom de Los Ángeles, durante el cual los Sex Pistols fueron estrellas de rock hechas y derechas. Este tratamiento superficial de la etapa de los Sex Pistols en la cima de su fama es una omisión que decepciona. Un gran ejemplo es el relato de Jones del concierto final del grupo en el Winterland. El concierto -el más grande que realizó la banda hasta su reunión de mediados de los 90- fue el tema de un largo discurso de Lydon en “No Irish…” que explica su comportamiento desconsolado aquella noche: el bajo de Vicious estaba desenchufado, el público estadounidense no entendía al grupo, los guardaespaldas de McLaren estaban enturbiando las relaciones entre los miembros de la banda… Todo esto contextualiza la famosa frase de Lydon en aquel concierto: “¿Alguna vez tuvieron la sensación de haber sido estafados?”, que en su imaginación representa a la banda como un todo: para él, lo que la banda pudo haber logrado era más importante que el breve brillo logrado en el Winterland.
Como fuere, este concierto tan importante para la historia del grupo tiene menos de una página en el libro de Jones, sin embargo, y esta se dedica principalmente a recordar lo desafinada que estaba su guitarra y el número de groupies con el cual tuvo relaciones sexuales aquella noche. Tal vez la omisión fue deliberada. El concierto de Winterland fue la noche de Lydon, para ser francos; el vocalista fijó el tono fúnebre de principio a fin, y es posiblemente la enemistad continua de Jones hacia Lydon (expuesta a través de todo el libro, tanto en los secos elogios a la capacidad vocal del cantante hasta los raccontos de su errático comportamiento) lo que le impida a Jones darle a esta noche la importancia que tuvo.

Lo que pasó aquí con el concierto del Winterland también corre para el final de 1976 y el verano del Jubileo de la reina en 1977. Más de la mitad del libro se va en la educación y el crecimiento de Jones y en el período inicial de la banda, pero el lapso de poco más de un año de notoriedad mediática que culminó en el concierto de Winterland ocupa sólo 26 páginas de un libro que tiene 300… Las cuatro décadas restantes de la vida de Jones también reciben escasa atención. Su negación inicial respecto a haberse ganado la vida honestamente como limpiador de ventanas -una mentira encontrada en las primeras entrevistas del grupo, una suerte de chiste inspirado por la película “Confessions Of A Window Cleaner” (1974)- demuestra su voluntad de dejar las cosas claras en los eventos previos al estrellato de Jones, pero curiosamente en muchos de los momentos cruciales que definieron a los Pistols, guarda un irritante silencio.

Por ejemplo, hubiera sido fascinante escuchar la historia detrás de The Professionals, la banda más importante de Jones en los años tras la desaparición de Sex Pistols. Junto a Paul Cook, grabaron dos álbumes y cinco singles de 1979 a 1982, e incluso fue soporte en varias fechas de la enormemente exitosa gira americana de The Clash para promover “Combat Rock”; el éxito más grande de la banda, “1-2-3”, no entró por un pelo al Top 40 pero demostró que el cuarteto fue una banda de la segunda ola del punk realmente competente . Peeeero… las prioridades de Jones vuelven a encontrarse en otra parte, resumiento este período de tres años en sólo seis páginas. En defensa de Jones, quizá tenga pocos recuerdos de este lapso, ya que “¿Dónde puedo conseguir droga?” era la única pregunta que tenía en su mente durante este período.

Después viene la etapa en EE.UU. y un concierto como “el personaje de la radio punk rocker más amado de Los Ángeles”, como Jones describe su actual status. Es un giro interesante. La facilidad con la que Jones se estableció en una posición autoproclamada como un estadista mayor del punk se ve alivianada por su identificación con el más nebuloso de los conceptos, es decir la estética del “rock ‘n’ roll”. Jones tiene opiniones muy definidas sobre esto, como demuestra el apéndice idiosincrásico del libro, una lista de “cosas que no son rock ‘n’ roll”. Allí reciben una mención los ‘Pases All Access’, ‘personas blancas con dreadlocks’, ‘selfies’ y ‘forros que te hacen firmar cosas y luego las venden en eBay’, lo cual te hace preguntarte qué es exactamente el rock and roll.

En suma, el problema de “Lonely Boy” está justo allí: no le dice al lector lo que no se conoce o no se podría adivinar sobre lo que es ser una estrella de rock. No es difícil averiguar que es agradable tener relaciones sexuales con quien uno quiera y siempre que lo desee, pero ese incesante relato de aventuras de una sola noche termina repitiéndose, o que tomar drogas resulta ser una mala decisión una vez que llega el bajón, o que los autos de lujo atraen la atención de la gente… Toda esta mezcla, remachada página tras página, resulta más embolante que esclarecedora.

No obstante, hay una fugaz excepción a esta fórmula. Al no haber conocido a su verdadero padre, Jones se reunió con él hace unos años, y ambos se reconciliaron en un concierto. Por un momento quedan de lado el implacable autobombo y la cansadora competencia con sus viejos compañeros de los Pistols, y se revela al chico solitario del título: Jones hace las paces con el hombre que lo abandonó de un modo práctico y sin vueltas y sale del trance en buena forma… Pero el momento se termina, y regresa a tediosas anécdotas sobre “shagging girls” (cogerse chicas) en Battersea Park.

“Lonely Boy” es un libro logrado a medias que difícilmente le agrade a la gente sin afecto por el extraño y a veces desagradable fenómeno que fue el punk rock británico. Aún así y a pesar de sus defectos, lo rescatan el sentido del humor de Jones, su autocrítica honesta a través de ciertas anécdotas donde culpa a mucha gente pero sobre todo a sí mismo y una cierta inocencia que es tan pegadiza como el riff de apertura de “God Save The Queen”… A fin de cuentas este libro vale cuando menos por aportar el punto de vista de primera mano que le faltaba a la historia de los Pistols, y como su autor termina señalando, “Esto es el material que no vas a conseguir de ese tipo de Nickelback”.

 

 

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