Los británicos eligieron la separación. Hace nueve meses, en referéndum, votaron por Brexit (acrónimo formado con las palabras “Britain”, Bretaña, y “exit”, salida) y asumieron que querían el fin de la relación de 44 años con la Unión Europea. La primera ministra británica, Theresa May, confirmó este miércoles 28 en el Parlamento que el Reino Unido invocó el Artículo 50 del Tratado de Lisboa, que da inicio a las negociaciones para la salida del país de la Unión Europea (UE).

Surgen entonces dos preguntas y la primera es obvia: ¿qué va a suceder? Por el momento, sólo habrá el inicio de la discusión de los términos del divorcio y las negociaciones pueden tardar hasta dos años. Y la otra, no menos importante: ¿por qué corno tocamos este tema de política internacional justo acá en MADHOUSE? Porque si bien el debate respecto a la salida de Gran Bretaña de la Unión se ha centrado mayormente en torno a temas como la inmigración, la soberanía y la economía, el Brexit puede asimismo causar sutiles aunque potencialmente sísmicos cambios en las cosas que los británicos dan por sentadas, inclyendo las industrias y entre ellas, la musical, una de las más grandes e influyentes en Europa (y en el resto del mundo, seamos sinceros), donde solamente el año pasado uno de cada cuatro discos vendidos fue de un artista británico. Todo puede verse afectado: las giras, los costos de CDs y vinilos, los derechos de autor, los permisos de trabajo..

En tal sentido, uno de los afectados ha sido un amigo de la casa: hablamos del ex UFO/Heavy Metal Kids/Riff/ etc. Danny Peyronel (cuyo vasto curriculum pueden repasar en el reciente reportaje que le hicimos), quien se expresó sin pelos en la lengua en las redes sociales como pueden ver justo aquí abajo y que hoy, a pedido de MADHOUSE, lo hace en nuestra web para ponernos al tanto de un problema que quién sabe cómo puede llegar a influir en buena parte de la música que escuchamos. Sin más, los dejamos con el autor… y esperamos que nos dejen sus opiniones.

DANNY & EL BREXIT

Queridos amigos y amigas: dado que mi vida amenaza de estar directamente afectada por el bizarro ejercicio de auto-flagelación que el mundo conoce como ‘Brexit’, mis buenos amigos de MADHOUSE me pidieron que escriba unas líneas al respecto. Entiendo que la inspiración vino a través de un post que publiqué en mis paginas de Facebook, en el que anunciaba la decisión de retirarme de la escena del rock británica en 2019, en el caso extremo que todo llegase a su peor fin.

Mis razones eran simples: en dos años, cuando -supuestamente- el proceso de salida del Reino (des)Unido se haya completado, como ciudadano europeo requeriría un permiso de trabajo para subir a un escenario y hacer lo que vengo haciendo, con la máxima entrega y placer, desde 1973… Claro que lo mismo se aplicaría a todos mis colegas británicos queriendo beneficiarse del mucho más importante mercado de conciertos y festivales en Alemania, España, Italia, Francia, Bulgaria y muchos otros de los 27 países de la Unión Europea.

Antes de todo, conviene explicar que mis palabras vienen de un punto de vista enteramente personal y nada más. También es bueno recordar que aunque los chicos de MADHOUSE querían una notita mía como un argento muy involucrado en esto, la formulo mas bien desde mi óptica de europeo. O sea, desde mi óptica como típico argento, ya que, nos guste más o menos, la gran mayoría de nosotros somos también europeos.

En mi caso, hace ya muchos años que sentí el llamado de mis raíces italianas y del sud de la Francia. Como siempre fui un fanático de la historia, prácticamente la única materia que nunca dejaba de fascinarme en el colegio, ese llamado era obvio. Al mismo tiempo, no tenía tampoco la necesidad de un pasaporte europeo para seguir mi camino, y el tener uno fué mas bien un “bonus” útil, pero principalmente, una confirmación tangible de pertenecer a algo para mí importante… Claro es que muchos no tendrán la mas minima idea de mi vida o, como máximo, ¡habrán oído hablar algo del hermanito de un baterista conocido!

Para ultra-sintetizar e intentar dar contexto a esta cosa, llegué a London en 1973. Allí empezó mi historia, conocí a mi chica, formé mi pequeña familia y compuse, escribí, canté y/o toqué en discos totalizando mas de veinte millones de ventas mundiales.

Ojo, les pido perdón de antemano si esto suena crudo y/o mercenario, pero las cosas se miden así en el mundo anglo, te guste o no. Entiendo bien que hay muchos en Argenta que consideran al rock una cosa exclusivamente artística y hasta social, que no debería jamás tener un elemento comercial en su maquillaje.

Sin embargo, en el mundo que elegí, ese donde el rock tuvo su origen, nuestra música, sobre todo en la época de oro que tuve la suerte de vivir, era -y hasta cierto punto aún es- una industria. Es decir que era posible ganarse la vida honestamente, haciendo lo que a uno apasionaba.

Es una cosa que nadie pensaría en echar en cara a un futbolista, tenista o piloto de formula uno.  La dedicación y empeño requeridos para lograr un resultado decente fueron siempre mucho mayores de lo que nuestra gente pudiera imaginar.

Claro, el punto de referencia en nuestra cultura, era más bien uno de la música como una especie de hobby, y nunca una profesión “seria”. Completamente comprensible, pero inexacto, al menos a nivel anglo/mundial.

Bueno, hice mi debida contribución al fisco durante mas de cuarenta años y la familia que formé es enteramente británica, aunque también europea, claro. Ahora, en la ultima etapa de la carrera y viviendo la mayor parte del año en el Mediterráneo y el resto en London, me divierto mucho volviendo a cantar y tocar en todos los escenarios que me acepten en Europa (incluyo aun el Reino Unido en esta clasificación), EE.UU., Japón, etc.

Y siempre con mis colegas británicos.

Nunca se me ocurrió “nacionalizarme” británico, cosa que podría haber hecho fácilmente.

¿Por qué?

Porque nunca vi el sentido -tanto menos la necesidad- como ciudadano europeo, ya que durante la totalidad de mi vida británica (salvo los primeros meses), el país era parte importante de la Unión.

Aparte, les digo la verdad: nunca fui un gran amante de los nacionalismos, y el estado explosivo y venenoso de nuestro planeta en estos días, me convence más y más de lo nefasto de este concepto, que tan sangriento y triste resultado dio en el siglo pasado.

Cuando llegué a London en el lejano 1973, mi impresión fue la de encontrarme en un país mas bien pobre… con pocos de esos servicios modernos a los que estábamos acostumbrados en las Américas. La comida era una cosa difícil de describir, lejana de lo que estamos acostumbrados a llamar comida. Los departamentos solían tener calefactores a gas que tenias que “alimentar” con monedas, e igual te morías de frio.

Si por la noche salías a un club como el famoso “Speakeasy” en el West End de la ciudad, donde iban todos los del ambiente del rock de la época, lo más seguro era que tendrías que volver a casa a pie. El transporte público terminaba a medianoche, y era imposible conseguir un taxi.

Era un verdadero rincón del llamado “tercer mundo” en realidad, si no en nombre.

Hoy, y luego de cuatro décadas en la Unión Europea, es un discurso completamente diferente y London es una de las grandes capitales del mundo, donde encontrás todo de todo el mundo: la oferta culinaria es alucinante, los servicios de primera.

Como millones de otros europeos, contribuí, en mi pequeña medida, a esa revolución de crecimiento. Claro que no todo está dicho, y no todo está perdido aún.

Estos dos años de “negociaciones”, van a ser acompañados de momentos y cambios muy duros para el pueblo británico y la posibilidad, cada día mas cercana, del fin del Reino Unido, con la potencial independencia de Scotland primero, y después…

La pequeña mayoría de una pequeña proporción del electorado que “ganó el día” en el francamente ridículo referéndum del año pasado, votó mas bien para castigar al gobierno, con poquísima y muchas veces falsa información, producto de la mentira desesperada de un grupito de fanáticos histéricos en el gobierno.

Si las cosas comienzan a derrumbarse, con empresas multi-nacionales mudándose al completo al “continente” (como llaman al resto de Europa en el Reino) y miles y miles de empleos perdidos, con tantos servicios como la salud pública tocando fondo, sin los miles de empleados y médicos venidos de Europa… bueno, no está para nada descartado que tenga que haber un segundo referéndum.

La Primera Ministra, que no fue elegida democráticamente y, por lo tanto, no tiene un verdadero mandato, lleva nueve meses haciéndose el coco con la ilusión que puede “negociar un divorcio con la Unión”, en términos iguales o mejores de los que tienen en este momento.

Hay dos problemas con esto: uno, que si el Reino llegase a obtener una relación económica mejor que la que tiene como miembro, ¿cuál seria el sentido de la Unión Europea? El otro es que un divorcio es una rotura negociada entre dos partes relativamente iguales. Este no es el caso aquí. Si usamos una metáfora automovilística, el Reino sería un Mini Cooper y la Unión, un camión de larga distancia.

Alemania misma, el más poderoso de los países europeos, representa solo un 20% de la economía de la UE, y constituye solo un 16% de su población. Este es el mercado único más grande y poderoso de la Tierra.

En otras palabras, lo que la Unión Europea, con sus 27 paises, decida que será el nuevo “arreglo” con el Reino, será.

Y si no, no habrá arreglo.

Punto.

Es perfectamente democrático que un pueblo cambie de idea, sobretodo cuando confrontado con los resultados de una situación cuyos efectos ninguno podía jamás predecir con certidumbre.

Esperemos que algo por el estilo ocurra.

De no ser así, tengo la impresión que la juventud, que se siente completamente robada de su futuro, no va a dejar de demandar su derecho de disfrutar el mismo tipo de bienestar que sus padres vienen aprovechando por mas de cuarenta años.

D. A. Peyronel

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